30 junio, 2007

La Capi

Después de crecerme con la gesta de realizar el Tongariro Crossing (y fingiendo ignorar el hecho de que las otras doce personas del grupo, casi todas chicas, lo habían hecho también sin mayores problemas ¡pero sin una mochila rota!), y de descansar merecidamente, en Tongariro me puse las botas de 7 leguas y me planté en un abrir y cerrar de ojos en la auténtica capital del país, Wellington (¿recordáis lo que dije en el último post sobre Sídney y primero sobre Nueva Zelanda? Pues aun así he tenido que ir a mirar rápidamente una fotografía para no equivocarme porque incluso yo lo he dudado por un momento). Compartí un par de días con parte del grupo (mientras el resto continuaba con Stray por la Isla Sur) y luego me quedé a mis anchas, recorriendo la ciudad pero cuidando de no ir a atracciones a las que pudiera ir luego con Isabel, por aquello de no repetir el sitio.








Los principales focos de interés de la ciudad (o, por lo menos, aquellos que yo visité):


En el primer edificio, conocido como la colmena, se aloja el Poder Ejecutivo del Pais , con el Primer Ministro y los Ministros del Gobierno. En el segundo, menos chocante arquitectónicamente y de diseño más clásico, la Oposición y algunos miembros del Parlamento del partido en el Gobierno. Al ver “la colmena” me vino a la memoria un edificio en España con una estética similar, el del Tribunal…¿Constitucional? (si me equivoco, entonces es el del Supremo). De lunes a domingo hay tours gratuitos de ambos edificios cada hora y se puede acceder, si no están reunidos en sesión, a la Cámara de Representantes (House of Representatives, el equivalente de nuestro Parlamento y una copia en diseño del de Londres). Tambien te puedes sentar en Maui Tikitiki A Taranga, el lugar donde se reúnen los Select Committees y que está decorado con motivos de distintas iwi (tribus maoríes). Durante ese tour descubrí por qué Isabel II aparece en los billetes y monedas de Nueva Zelanda: el país es una Monarquía Constitucional y su soberano es la mencionada Reina. El mismo caso que Australia, país también integrado en la Commonwealth. Y es que hay países que han sabido cómo ¨descolonizar¨ sus posesiones de ultramar y luego hay países como España…



Los tres pisos de este edificio están dedicados a la creación y desarrollo de esta urbe y a su especial relación con el mar, pasarela para el acercamiento de mercaderías e inmigrantes. En la planta baja hay una interesante recapitulación de 100 acontecimientos, Históricos unos, intra historias otros (si se me permite parafrasear a Miguel de Unamuno), que se produjeron durante el siglo XX y se cuentan cronológicamente, adjudicando uno (o varios relacionados) a cada año de la (¡¿ya?!) pasada centuria. En la primera planta se reproduce un documental sobre la tragedia y el hundimiento de un ferri, el Wahine, en 1968, que costó la vida de 51 pasajeros.




(Foto: Copa Elfa y prótesis que usaron los actores que representaban a los hobbits)







Government Buildings
No es un museo y la zona accessible es solo un minimo porcentaje del inmueble, pero hay que acercarse a verlo para poder creer que está hecho…de madera, y es uno de los mayores edificios del mundo construido íntegramente en ese material.

Te Papa


El orgullo museístico del país. La niña mimada del orgullo neozelandés. El Museo de Nueva Zelanda es una chocante obra arquitectónica más propia de un Frank Gehry que de un tradicional Museo. No se asoma al mar, se dirige inexorablemente hacia él y su imaginaria proa está permanentemente a unos metros de lanzarse a surcar los océanos. En el interior hay cientos de oportunidades de realizar actividades interactivas y si de algo se le puede calificar no es precisamente de “estático”. En algunos momentos, parece que estamos más en un Parque de Atracciones, ese es el riesgo que existe al afrontar así la exposición de obras de valor cultural, arqueológico, botánico o zoológico. Aquí los niños no se aburren. Vemos desde una marae (casa de reuniones maorí) hasta una casa sacudida rutinariamente por un terremoto y en el exterior hay una recreación, con especies vivas, de distintos ambientes selváticos y forestales neozelandeses.


Wellington Cable Car
La guía decía que esta era una experiencia que no se podía perder, así que no íbamos a dejar que eso ocurriera. Bueno, en cinco minutos pasábamos de estar en la primera parada a llegar a lo alto de la colina. Es un viaje lento, pausado, tranquilo. No es para salir temblando, ni gritar jubilosos. Está bien, sobre todo por las vistas y por el acceso cómodo al Jardín Botánico pero no es precisamente un “Top 10”.






Durante mi estancia en Wellington, atracó en su puerto el Buque Escuela Esmeralda, de la Armada Chilena. Al igual que ocurre con el conocido Elcano, de la Armada Española, los guardiamarinas recorren los siete mares como parte de la formación que les capacitará para ser dignos oficiales de la Armada de ese país. Lo visité, aunque me dejé mi gorra de “Chile” en la habitación, y me emocioné al ver ondear la bandera de la blanca estrella (un abrazo, por cierto, para mi amigo Renato Huber Acuña…esta vez el glaciar no estaba oculto por la nieve y no sólo me acerqué sino que ¡escalé sus paredes!). A bordo había también una exposición sobre Easter Island (Isla de Pascua), que aspira a ser una de las 7 Maravillas del Mundo Moderno (creo que en España una de las candidatas es la Alhambra de Granada).









Al igual que mi, no por ellos menos malquerido, Gijón, Wellington bosteza frente al mar y en pocos minutos uno está en el centro, dobla una esquina, recorre unos metros y se encuentra, luchando por mantenerse en pie contra el viento, contemplando un enfadado mar. Por lo menos ese fue el estado del salado elemento los días que pasé allí, pero he de mencionar que el sol lució sin excepción durante todas y cada una de las jornadas. Resguardado del viento, tras una protectora cristalera, no se notaba ambiente invernal alguno mientras me tomaba mi cerveza de fabricación local y contemplaba el ir y venir de los atareados capitalinos.





Y el 7 de junio me tocó ir a buscar a Isabel al aeropuerto, ¡como si ella fuera a perderse!. Aunque, ahora que lo pienso, con su nula capacidad de orientación, sí que se hubiera perdido…además siempre alegra encontrarse a alguien conocido cuando uno aterriza en un aeropuerto foráneo. Nos quedamos unos días en la capital para que ella pudiera ver las principales atracciones y el día 10 cogimos el ferri que nos llevaría a la Isla Sur, el mayor foco de actividades de deporte, riesgo, aventura…y gastos de Nueva Zelanda.







(Escrito por él desde Christchurch, Nueva Zelanda, el 30 de junio de 2007 en vísperas de abandonarlo por Australia, si Dios y las autoridades correspondientes lo permiten)