30 junio, 2007

Del volcán a una nueva línea aérea

Después de comprobar como funcionaba Stray (y considerar por otros testimonios que tal vez mejor que Kiwi y Magic) y dado que el tema de alquilar un coche no tenía solución hasta que no llegara la viajera que estaba en Tailandia, volví a recurrir a ellos (es decir, 345 NZD cambiaron de mano) para hacer el recorrido por el resto de la Isla Norte, el llamado “Pete Pass” que terminaba en Wellington (“Welly”) donde me reuniría con Isabel (“Isa”).

Para no convertir en eterna esta ya larga historia de mi viaje, aquí está lo principal de ese tour de seis días:

Mount Eden. A las afueras de Auckland, una visita al cono de uno de los muchos volcanes en los alrededores de la ciudad. Inactivo desde hace mucho tiempo, con el interior de sus paredes pobladas de verde hierba, pero aún así es el visitable cráter de un volcán (y desde el que hay unas buenas vistas de Auckland, Devonport, la bahía y los puertos deportivos).


Península de Coromandel. Mientras unos optaban por pagar unos kayaks para remar (¿palear?) su camino bordeando la costa, otros optamos por un tranquilo trekking de dos horas por el bosque hasta “Cathedral Cove”, un punto en que la montaña se prolonga sobre la playa y acaba por hundirse en las aguas costeras. Enfadada por esta intromisión, la playa ha cavado su camino atravesando la invasora montaña y es posible, con marea baja, caminar bajo una bóveda de sólida roca para disfrutar de un ininterrumpido paseo sobre la arena.. Esa misma moche tuvimos una BBQ (“barbie”) neozelandesa obra de nuestra improvisada cocinera y asalariada conductora, Nuds (“My name is nuds but they call me nuts, guess why?), la galesa a cargo de nuestro autobús Wiwi (Welsh Kiwi). Después de las salchichas, el pollo, la ternera y la kumara (un tubérculo aborigen de parecido a la patata y que a los irlandeses nos recordará al sabor de la “sweet potato”), algunos aventureros optaron por un paseo nocturno hasta “Hot Water Beach”, donde las aguas termales discurren a escasos centímetros bajo la arena y es posible construirse un improvisado Spa (sin las burbujas) en pocos minutos sólo con la ayuda de las excavadoras manos.




Waikaho y King Country. Raglan. Aparentemente esta pedregosa playa sin arena, es un icono para los surfistas y se dice que aquí, en Manu Bay, donde las olas rompen por el lado izquierdo de la bahía, está el recorrido más largo de este tipo del mundo. Fue precisamente en esta playa donde en 1964 se rodó parte de otra película mítica para los adoradores de las tablas, “The Endless Summer”. El alojamiento, en las faldas del monte, rodeados de vegetación y a escasos minutos de un punto privilegiado desde el que presencié la puesta de sol.


Waitomo. La principal atracción son sus cuevas y los “glow worms” (uno de los estadios de desarrollo de un efímero mosquito en el que sus larvas dejan colgar un fino hilo con una sustancia fosforescente al final para atraer a su comida; en varias cuevas a lo largo de ambas islas se les puede ver medrando, en un oscuro y húmedo ambiente que sería querido por Gollum), Se pueden hacer distintos tipos de viajes al mundo subterráneo, desde la simple excursión turística, el rafting bajo tierra, etc. La que yo elegí se llama Haggis Honking Holes y consiste en la exploración de una cueva a pie, arrastrándose por el agua y haciendo rappel. Así que encima de mi bañador me puse un traje de neopreno (“wet suit”, como los de los surfistas y buceadores), un casco (como los mineros), un arnés para escalada (como los…escaladores) y unas botas de plástico (como los granjeros) y con solo otras seis personas y dos monitores emprendimos el descenso por las venas de la tierra. En lugar de sangre, por sus huecas arterias circulan ríos subterráneos y no habíamos recorrido más de una veintena de metros cuando ya estábamos sucios así que la mejor manera de limpiarnos resultó ser hacer rappel por una pared de veinte metros por la que circulaba una fina corriente de aire. Durante las dos horas siguientes disfrutamos de la cueva para nosotros solos, escalando sus paredes, arrastrándonos por su suelo, bajo techos que a veces sólo un metro separaban del suelo y acompañados en ese reducido espacio por sus buenos cincuenta centímetros de agua. Una de las partes más interesantes fue un estrecho pasillo por el que sólo podíamos pasar de uno en uno que se abría a un hueco en el suelo por el que teníamos que descender haciendo rappel. El problema es que compartíamos ese hueco con una corriente subterránea y la decena de metros de descenso se iba complicando conforme el flujo del agua se convertía en una catarata que te rodeaba por completo, ocultando la pared por la que bajabas, con un ensordecedor sonido y cegando por completo tu visión, provocando una temporal desorientación unos segundos antes de que tus pies pudieran tocar el suelo (que además estaba cubierto por agua), Y, por supuesto, en el camino de salida pudimos ver, a oscuras primero, esos refulgentes puntitos de luz que son los glow worms. La experiencia nos encantó a todos. (Jaime, María, ¿recordáis aquel espeleoturismo que hicimos en Asturias hace unos tres años? ¡Pues esto ha sido incluso mejor!).

Rotorua. La noche la pasamos en Rotorua, una población asentada sobre una zona de actividad geotermal, como resulta evidente cuando uno ve el vapor saliendo por las alcantarillas y zonas acotadas en los parques (Manu, igualito que en Karlovy Vari). De noche, hay calles que tienen un aspecto fantasmal, envueltas en ardientes brumas. Pernoctamos en el mejor hostel que he pisado hasta ahora, el Treks. Para la mañana nos dividimos en dos grupos, los que querían hacer “zorbing” (otro invento neozelandés: te metes, solo o acompañado, en una bola de plástico que está dentro de otra bola de plástico…y te echan a rodar colina abajo) y los que preferimos hacer algo con más adrenalina, “White wáter rafting” (¿cómo se dirá en español? Consiste en usar un bote hinchable para remar río abajo en zonas de rápidos, rocas y cataratas). Así que un minibús nos llevó a las instalaciones de la empresa donde me embutí por segundo día consecutivo en un traje de neopreno y un casco, aunque esta vez no había arnés pero sí unos ¿escarpines? (calcetines de neopreno), un ligero chubasquero (pero no impermeable) y el evidentemente necesario chaleco salvavidas. Cuando llegamos al río Kaitiaki, no dividimos en tres grupos y en mi lancha nos sentamos cuatro turistas inglesas, dos guías y un guía en prácticas. Antes de iniciar el descenso rezamos una Kaitiaki, oración tradicional maorí para congraciarnos y honrar al río. Y falta que nos hizo. La atracción estrella no era la primera cascada de un par de metros, sino la que nos encontramos un cuarto de hora después, Nuestra balsa medía 4,5 metros y la catarata 7, haced el calculo y veréis que faltaba balsa, o sobraba catarata. Somos la primera balsa en intentarlo. Antes de acometer la bajada nos detenemos junto a la orilla y repasamos las instrucciones de seguridad, cómo nos sentaremos en el suelo, con una mano agarraremos el remo y una cuerda que rodea el borde de la balsa y con la otra nos aferraremos a un asa de seguridad. Agacharemos la cabeza, hundiéndola en el pecho en el momento en que la proa choque contra el agua para evitar mordernos los labios o la lengua. En caso de que alguien se caiga, debe ponerse inmediatamente en posición fetal para evitar que sus piernas, de tenerlas estiradas, se enreden con algún objeto o planta del fondo (“No queremos que nadie se nos ahogue”). El momento llega y la balsa avanza rápidamente. Lo que veo delante de mí, sentado casi detrás, es un bosque delante del que nos separa un remanso en el río pero, de repente, noto que nos inclinamos y la amarilla proa, que estaba al nivel de mis ojos, desaparece hacia abajo. Estábamos sobre el agua y de repente es un líquido muro blanco lo que nos rodea. Noto, porque no lo veo, que estamos cayendo mientras mi cuerpo quiere despegarse del suelo de plástico y estoy inmerso en la fuerza del río. La fuerza de un golpe se transmite a través del plástico y la carne. No puedo respirar porque no hay oxígeno bajo el agua. A la vez que mis pulmones reclaman el vital aire, mis músculos se tensan para evitar salir despedido por la borda. Cuando parece que no puedo más, giro mi cabeza y abro la boca. Y el aire entra aliviando mis vacios pulmones. Por fin, miro a mi alrededor y veo que hemos pasado la catarata de siete metros pero hay dos huecos en la balsa, dos chicas se han caído por la borda. Están a poca distancia de nosotros y en unos segundos estamos a su lado, las agarramos por el chaleco y vuelven a sentarse en la balsa. Hemos superado lo peor, a partir de ese momento, ya no queda nada que nos preocupe. Ni siquiera que otra chica y yo saltaramos para pasar otra cascada de un par de metros, fuera de la balsa, agarrados a ésta.


Taupo. Esa misma tarde salimos dirección Taupo, junto al enorme lago del mismo nombre y algunos de los viajeros no ocultaban su ansiedad por saber el estado del tiempo en el pueblo. Media docena de ellos habían decidido saltar en paracaídas en el que es indudablemente el sitio más barato en toda Nueva Zelanda para hacerlo. El tiempo era bueno y apenas llegamos al hostel salieron corriendo hacia el aeródromo. El resultado fue decepcionante. Se había hecho tan tarde que sólo seis personas pudieron saltar y otras dos chicas (Ellie y Sancha), se quedaron con la miel en los labios. De todos modos, como primicia mundial, puedo contaros (y espero que los abogados de la multinacional no se me echen encima) que he descubierto que McDonalds está haciendo un experimento empresarial: Air Mc Donalds, una línea aérea para viajes de corto recorrido en las que el billete sí incluye menú a bordo, o, mejor dicho, Mc Menú. Al contrario que Ryanair o EasyJet, ellos no van a competir como una Low Cost sino con precios similares a las aerolíneas tradicionales. ¿El reclamo? La inclusión de comida gratuita a bordo, el interior de los aviones y los uniformes de la tripulación especialmente diseñado conforme a la imagen de la compañía y el uso de aparatos de hélice, clásicos de otra era pero con todas las garantías de seguridad que demandan las autoridades de aviación civil.



(Escrito por él a mientras hay dos grados bajo cero en el exterior del Motel en Queenstown, el 25 de junio de 2007)