15 junio, 2007

“Daddy, I want another poney!”

¿Habéis visto la película protagonizada por Johnny Deep, “The chocolate factory”? Tal vez recordéis entonces al personaje de la niña rica y repipi, que le reclama un nuevo poni a su papi, “Daddy, I want another poney!” (José la imita a la perfección, con su repelente acento de Kensington y todo, me desternillo de la risa cada vez que me suelta la frase). Pues me acordé de ella el otro día, en el Taronga Zoo de Sídney, y es que llegué a identificarme con su personaje. Durante las tres horas que duró mi visita al zoo, fui toda una niña princesa. Hacía tiempo que no me sentía tan mimada.

Existen varias maneras de visitar el Taronga Zoo. La opción más económica consiste en descubrirlo por tu cuenta. Con 39 dólares australianos, compras un billete de ferri con pase para el zoo incluido. Por unos cuantos dólares más, puedes disfrutar de una visita guiada. En la página web del zoo, se detallan los distintos tours ofrecidos. Yo elegí el tour “Gold VIP” que, como podéis adivinar, no era el más barato. El precio es de 77 dólares, pero con presentar uno de los bonos ofrecidos en la guía gratuita de Sídney, te sale por 61,60 dólares (20% de descuento).
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Organizan dos Gold tours al día, el de la mañana empieza a las 9:15 y, el de la tarde, a las 13:15. Normalmente, el tour dura unas dos horas, y el número máximo de personas por grupo es de seis. Yo tuve la suerte y privilegio de hacer la visita con dos guías encantadoras para mí solita, que además me ofrecieron su grata compañía durante una hora extra (tal vez porque no consiguieran que me despegase de los bichos).
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Si os decidís a visitar el zoo de Sídney, de verdad que vale la pena aflojar un poco la cartera y regalarse este pequeño lujo. Por cinco razones.
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1. ¿Conocéis algún otro zoo que os ofrezca la posibilidad de colarse entre sus bastidores?

Me permitieron visitar la cocina del zoo, en la que se preparan las comidas para todos los animales. En unos tablones estaba apuntada la dieta diaria para cada especie, con un menú distinto para cada día de la semana. En el frigorífico esperaban preparados los platos de la cena, “verduras de primera calidad” me precisó Lynn. También había allí unas bolsas con pollitos y ratones congelados. Me explicaron que el zoo tenía su propio criadero de roedores y otros animalitos destinados a la dieta de los reptiles. Dado que no es ético para un zoo el hacer sufrir a un animal, ni el usar animales vertebrados vivos como alimento (más que nada, los niños podrían quedar traumatizados ante el espectáculo de una serpiente engulléndose a un pollito asustado), duermen a estos desafortunados antes de matarlos por congelación. Llegada la hora de la cena, se descongela al animal y se sirve atado a un palo, para que agitándolo parezca vivo y así aproveche mejor al buen apetito del señor pitón.

2. Puestos a elegir, ¿qué preferís? ¿pararos a leer todos los carteles informativos del zoo o que un experto os cuente sobre la marcha las idiosincrasias de cada animal, mientras vosotros disfrutáis observándolos?

Debido a su aislamiento geográfico, Australia goza de una fauna original única en el mundo. Gracias a Lynn y Karen, logré familiarizarme con un buen número de especies autóctonas, en especial dentro de la gran familia de los marsupiales.

Hagamos un experimento. Así a bote pronto y sin teclear “marsupial” en el buscador de google o en la wikipedia, veamos ¿cuántos marsupiales seríais capaces de nombrar? El canguro y el koala, muy bien, ya tenemos dos. ¿Quién da tres? Oigo por ahí al fondo un ornitorrinco, muy bien, muy bien, ¿alguien da más?

La verdad, antes de visitar el zoo, yo no hubiese sido capaz de nombrar ni esos tres. Ahora, apenas soy capaz de recordar unos pocos más, aunque sólo me sepa sus nombre en inglés, como el “wombat”, la “echidna”, el “quokka”, los “wallabies”, el “tasman devil” y el “possum”.

He aquí un par de marsupiales que me cayeron especialmente simpáticos.

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Para el primero, seguro que no hacen falta presentaciones. A este pobrecito koala le costaba despegar los párpados, en parte porque sufría de conjuntivitis en el ojo derecho y en parte porque acabábamos de despertarlo de su siesta. ¿Sabéis cuantas horas duerme al día un koala? Pues nada más ni nada menos que veinte. Lynn me explicó que esto se debe a su alimentación, ya que las hojas de eucalipto son muy bajas en carbohidratos (lo dijo tan convencida que no quise objetar, pero entre nosotros, me parece científicamente incorrecto basar conclusiones en un factor aislado y creo que determinados comportamientos no son atribuibles a una sola causa; la prueba está, sin ir más lejos, en que a mi padre le pasa tres cuartos de lo mismo aún disfrutando de una riquísima dieta mediterránea). Algunos se preguntarán porqué no optará por una dieta más energética. La respuesta es que el koala (y en esto también coincide con mi padre), para el comer es un sibarita. De las más de 600 especies de eucalipto, sólo gusta comer de cuatro variedades. Y si por desgracia se topase un día con una hoja que no cumpliese con su estándar de calidad, no sólo la rechazaría de inmediato sino que nunca más volvería a catar las hojas de esa rama (por lo visto, los koalas no conocen el sabio dicho popular de “nunca digas: eucalipto, de tu rama no comeré”).

El animal junto al que aparezco retratada en la segunda foto, y que se parece a un espinete, es una “echidna”. El pobre bicho también andaba pachucho, con un resfriado. Le costaba mucho respirar, cada inhalación venía acompañada de un silbido tristón y, con cada exhalación, soltaba mucosidades blancas y espumosas, como burbujas de jabón. Tal vez por encontrarse tan vulnerable ese día, estaba especialmente mimosón. En todo el rato que estuve encerrada en el recinto de las echidnas, me estuvo siguiendo, tratando de trepar por mi pantalón y escondiéndose entre mis piernas. Tal vez me tuviese confundida con su madre, claro que, ahora que lo pienso, un aire de familia sí que tenemos. Puede que no se aprecie muy bien en la foto, pero fijaos bien en mi napia e imaginadme con un corte de pelo estilo Julia Otero, ¿a que ahora sí que nos encontráis el parecido? (espero que nadie aproveche mi foto para apoyar teorías evolutivas y probar que todos venimos del mismo caldo biológico).

3. ¿Cuándo fue la última vez que estuvisteis tan cerca de un canguro?


4. Aparte de observar a los animales, ¿os gustaría tocarlos, jugar con ellos, conocerlos por su nombre de pila?

Os presento a unos cuantos amiguitos.

“Miss Daisy”. Este pequeño roedor, con carita de vieja y pelo suavísimo, es un “ringtail possum”. Para hacernos perdonar por su brutal despertar a media tarde, le regalamos una flor.

Los possum son una verdadera plaga para los agricultores, puesto que se alimentan de flores y plantas. En Nueva Zelanda, que consta de unos 4,5 millones de habitantes y 40 millones de ovejas, el número de possum asciende a unos 80 millones (muchos acaban atropellados al cruzar las carreteras).


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¿A ver si sois capaces de adivinar qué animal que se esconde entre mis piernas?

Los primeros colonizadores holandeses lo confundieron con una rata gigante. En realidad, se trata de un “quokka”, el más pequeño de la familia de los “wallabies”.


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Este quokka en particular se llama “Autumn” (otoño) y fue traída al zoo siendo una cría. Su madre murió atropellada. Afortunadamente, el conductor se detuvo para comprobar si el animal llevaba una cría en la bolsa… y ahí se escondía Autumn, una bolita de pelo agazapada en el cálido vientre de su madre.

Habiéndose criado entre mimos de sus cuidadores, Autumn está totalmente domesticada y es especialmente cariñosa (a mí casi me consume la mano a lametazos).

Es una auténtica estrella de las visitas y le encanta ser el centro de la atención.





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Por último os presento a “Kouga”, la canguro más anciana del Zoo. A esta modosa viejita, lo que más le gusta es que le masajeen sus artríticas patas.

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Por cierto, a Autumn no le hizo ni pizca de gracia que le dedicásemos tanto tiempo a la abuelita. Unos segundos después de tomar la última foto, pegó un brinco con el que consiguió ahuyentarla y acaparar de nuevo mis caricias. Nos reímos con su travesura.

La verdad, si me hubiesen dejado, me traía conmigo a Autumn en la mochila.

5. Última razón y más importante. ¿Quién yendo al zoo no se siente como un niño grande? ¿Porqué no mimar un poco a ese niño que llevas dentro?

Os he hablado mucho de los animales, pero no quisiera pasar por alto una mención especial para mis guías. Su trabajo en el zoo es voluntario y altruista. Karen le dedica al zoo su único día libre, todos los martes. Los demás días, trabaja a tiempo pleno en una tienda y, por las noches, en un restaurante italiano. Le pregunté cómo se le ocurrió lo de hacer voluntariado en el Zoo, a lo que me contestó que sentía auténtica pasión por los reptiles y anfibios (y luego hay quien piensa que yo soy rarita), así que se le ocurrió llamar al zoo y proponer su ayuda para cualquier labor ingrata, como limpiar las jaulas por ejemplo. Le explicaron que existía una organización de voluntarios y que podía acceder a ella haciéndose miembro del zoo. Después de una formación de diez semanas, empezó a trabajar como guía una vez por semana.

Nota: el Taronga Zoo cuenta hoy en día con una red de 400 voluntarios. Así que si os animáis a hacer el tour pero no habláis inglés, “pas de problème”: entre tanto voluntario, seguro que os encuentran a un guía que chapurree el castellano.

(Escrito por ella desde Nelson, Nueva Zelanda, 11/06/07)

5 comentarios:

María José Peral dijo...

Realmente genial esa visita y es cierto que no tiene precio.
En la oficina donde trabajo hay algún que otro marsupial....

Isabel y José dijo...

Cómo? Es que trabajas para el gobierno? Voy a tener que andarme con cuidado con lo que publico en el blog...

María José Peral dijo...

Bueno, soy testiga de Jehová y mi religión me prohibe mentir.
No o sea, sí, o mejor, NO.
Es difícil encontrar marsupiales pero cuando veo uno lo reconozco enseguida. Lástima de macho ibérico también en peligro de extinción junto con el lince ibérico, burro y oso pardo.....

Isabel y José dijo...

Señorita Peral, ande usted atenta a lo que entra por la puerta de la oficina o las llamadas telefonicas, que la veo a usted mas sobre los nimbos que a ras de suelo.

Jose

PD: Si es que ya solo quedamos gays peludos...

(escrito por el desde "Queenie", una vez superada la carretera y sobrevivido al aislamiento solo con un mordisco en el antebrazo)

María José Peral dijo...

Decía Frida Kahlo "Pies para qué os quiero si tengo alas con qué volar", pero es verdad: confieso que me resulta más fácil vivir en el limbo que a ras de suelo.
Te debo email.Lo sé.
Para una mujer, lo más positivo de tener un gay peludo al lado es que éste no le puede exigir depilación constante. Asíque ya me imagino a Isa con las piernas como las de Macario ;).(Perdona Isa, estoy segura de que no es así).Besos a ambos desde Cumbres Borrascosas.