30 junio, 2007

Siempre hay una primera vez

Has tomado la decisión alegremente, pero en realidad ya sabías que iba a pasar desde que este país estaba entre tus destinos, así que conscientemente te lo habías preguntado y tu subconsciente ya tenía la respuesta. Preguntas, pagas y preparas. Al día siguiente, llamas y confirmas. Te viene a buscar alguien, una rolliza chica, para llevarte en coche al sitio. Tú estas nervioso y no paras de hablar, lo cual en inglés significa que vas a tener que vocalizar mejor de lo acostumbrado o se va a creer que eres francés. El hecho de estar solo no ayuda (Emma Jane lo hizo ayer al mediodía, mientras tú estabas de crucero, admirando delfines y el “Hole in the Rock”). Llegas al sitio y ves fotos y lees testimonios. No te fíes de las apariencias, aunque solo sea poco más que una cabaña con un mostrador y un cobertizo para guardar el equipo seguro que son muy profesionales. De hecho aclaran en uno de los carteles que nadie se les ha echado atrás nunca, y tú no vas a ser la excepción. Hay otras dos personas esperando pero te dicen que tú iras primero (¿por qué? de verdad, de verdad, ¡que puedo esperar!), Dos metros de delgado inglés se presentan como Gavin, y metro y medio de enjuto chileno como Christian. Uno se va a encargar de que haya pruebas. El otro, de que haya un epílogo en lugar de un epitafio.

Hablando rápido para los tres que lo haremos (y diciéndome que si no entiendo algo le diga que lo repita) nos da las primeras instrucciones sobre movimientos, posturas y significado de las distintas ordenes. Cuando acaba, no me he enterado de nada. O de casi nada. Pero me tranquiliza diciendo que lo repetirá cinco minutos antes de que tengamos que ponerlas en práctica. Me podía dar un folleto, o un manual, algo que estudiar durante unos días. Pero no, todo es oral, sobre la marcha y con una mínima anticipación. Volvemos a la oficina y Christian empieza a trabajar mientras me dan un mono verde que tengo que vestir sobre mi ropa. Me he traído playeros, no como una inglesa que, tonta ella, se ha venido con unas botas más propias para un sábado de noche. Me meto dentro de un apretado arnés que deja dos bultitos como guisantes en mi entrepierna. Lo raro es que no estén en mi garganta. Me dan un gorro y unas gafas, que no me pondré hasta que estemos a punto.

De despegar. En una pequeña avioneta en la que solo iremos Christian, Gavin y yo. Y el piloto, claro. Cuando sobrevolé las famosas Líneas de Nazca en Perú, el año pasado, lo hice en una avioneta que me pareció minúscula. Hoy la comparo con ésta y de repente la recuerdo enorme como un Jumbo. La pista se parece a un humilde prado de hierba, De hecho es un humilde prado de hierba, que en menos de diez segundos desaparece de mi vista porque ya estamos en el aire. Me han dicho que disfrute de las preciosas vistas sobre Bay of Islands, que tardaremos unos veinte minutos en alcanzar la altura de crucero, los 12000 pies contratados. A mí los minutos me pasan como segundos y antes de que pueda darme cuenta, me encuentro sentado encima de Gavin que procede a unirme con una serie de cinturones y enganches a su propio arnés. A partir de ese momento, somos uno. ¿No deberíamos conocernos un poco mejor? No se nada del tipo y dejo mi vida en sus manos, Y entonces Christian abre la puerta corredera del aparato y con una facilidad pasmosa que da el haberlo hecho centenares de veces, se coloca bajo el alta ala, colgando de la unión de la misma con el fuselaje y allí nos espera tranquilamente. El frio viento se ha apoderado de la cabina y noto que se me pone la piel de gallina. Por el brusco descenso de temperatura, claro. Gavin me dice algo y noto que empezamos a movernos hacia la puerta. O, más concretamente, a donde estaba la puerta. Yo miro a Christian, que sonríe, Yo intento sonreír. Cruzo los brazos sobre el pecho, como me habían enseñado. Mis piernas cuelgan fuera del fuselaje, con los pies cruzados bajo la barra, como me habían enseñado. Miro hacia abajo, como me dijeron que no hiciera. Joder, ¡que estoy con medio cuerpo fuera de una avioneta a doce mil pies de altura!

El tiempo es inestable en esta época del año y las nubes lejanas cuando despegábamos están ahora bajo nosotros. Si, bajo nosotros, porque ahora estamos por encima de la intermitente capa de nubes. Puedo ver parches de verde bajo el gris blanquecino e intuyo que allí abajo está Nueva Zelanda. Gavin se mueve de atrás hacia delante una vez, dos veces, y en la tercera ocasión ya no vuelve hacia atrás: se ha tirado, y yo con él, de la avioneta.

No estoy flotando como un ángel. No estoy volando como un pájaro. No, estoy cayendo como una piedra. No hay nada que me sujete a…¿a qué? La avioneta ya ni se ve. Sólo somos Gavin, al que apenas intuyo, y Christian, que se acerca y se aleja intermitentemente mientras graba la escena y toma fotografías. Bueno, José, lo has pagado, así que disfrútalo. Vamos, mira hacia abajo…JOOOOOOOOOOOOOOOOODEEERRRRR. ¿Eso es el suelo? Lo he visto un centenar de veces desde la ventanilla, generalmente llena de ralladuras, de un avión comercial pero ahora lo tengo debajo de mí y no hay plástico, acero ni guapas azafatas entre nosotros. Cuando hemos saltado, caemos a unos 200 kilómetros por hora, ¿cuanto es eso en millas? Debería saberlo ¿no?. Eolo intenta arrebatarme el casco y yo me aseguro de que sigue unido a mi cabeza por la correa de la barbilla. Las gafas no se me empañan, como me ha pasado alguna vez cuando buceaba, así que distingo caminos y casas que se acercan a velocidad pasmosa. Porque yo no me muevo, es la tierra la que no para de agrandarse conforme yo la miro. ¿Y el horizonte? Veo el cielo y, en el mismo plano, las nubes y el suelo. De repente el blanco nos envuelve, ahora estoy tocando las nubes. Paso a través de ellas con la misma facilidad que un cuchillo caliente corta la mantequilla. Al contrario que ese humilde instrumento, yo siento y disfruto todas las sensaciones. ¿Ingravidez? No exactamente, porque en la boca del estómago notas que algo tira de ti. Estás cayendo, pero, maldita sea, eres libre, porque el hecho de que nada te sujete también significa que nada te ata. Nada te detiene, nada te frena.


De repente, unos segundos después de que hayamos pasado la capa de nubes, noto un tirón. Los cuarenta y cinco segundos de caída libre han pasado en un abrir y cerrar de ojos y a los estipulados y seguros seis mil pies de altura, Gavin ha abierto el paracaídas (que ha funcionado con toda corrección, como no iba a ser de otra manera, mamá). Ya no caigo, sino que me deslizo suavemente por una invisible pista. Ha sido increíble. Ha sido maravilloso. Grito y rio a la vez y Gavin inclina el paracaídas de manera que no estamos perpendiculares al suelo, sino paralelos a el y durante unos segundos descendemos haciendo rápidas espirales. Yo vuelvo a gritar y le pido que lo repita, porque todo mi organismo está lleno de esa extraña hormona llamada felicidad.

Cinco minutos después, extiendo y levanto mis piernas y en un segundo hemos aterrizado. Gavin me desengancha de su arnés y yo me levanto, riendo, saltando, gritando, saludando a Christian, y diciendo, con toda sinceridad, que ha sido increíble.

Y que tengo intención de repetirlo en un futuro no muy lejano.



Nota: En Nueva Zelanda, el lugar más barato para hacer SkyDive (paracaidismo) es en el Lago Taupo, en la Isla Norte. Sin embargo, estamos en invierno y el clima es inestable, puedes estar esperando varios días a que deje de hacer viento o desaparezcan las nubes así que seguí el consejo de mi conductor en Stray “Si estáis en un sitio en el que podáis hacerlo y el tiempo es favorable, hacedlo. Más tarde puedes pasar por una docena de sitios en los que hacerlo y el tiempo sea una mierda, ¿vas a quedarte diez días esperando a que mejore?”. Con NZ Sky Dive
el salto a 9000 pies (30 segundos de caída libre), cuesta 220 NZD. Subir, como yo, a 12000 pies y tener 45 segundos de caída libre sólo son 260 NZD. La experiencia es irrepetible y las siguientes veces nunca serán como la primera así que un reportaje fotográfico son 145 NZD más, en DVD 165 NZD y la combinación de ambos, 195 NZD.

(Escrito por él desde Franz Josef, a los pies del glaciar del mismo nombre, Isla Sur, Nueva Zelanda, el 17 de junio de 2007)