02 octubre, 2007

Historias de un crucero

Tres días de crucero por las aguas del río rojo. Abordaron el “Queen Elizabeth” a media tarde, recibidos por un pequeño comité de bienvenida, cócteles y canapés. Subieron a su camarote, pequeño pero confortable, con su cama doble, su mini bar, su baño privado y, lo mejor de todo, acceso a un diminuto balcón. Con su segundo cóctel todavía en la mano, salieron a respirar unas bocanadas de brisa fluvial. Asomados a la barandilla, contemplaron los primeros atisbos de belleza kárstica a orillas del río. Ella suspiró. Él le pasó la mano alrededor de la cintura, se sonrieron en silencio durante breves segundos. Un beso. “Ven conmigo, cariño”, dijo él, “vamos a explorar el resto del barco”.

La recepción, una tienda de suvenires, un mirador interior con sofás, una cafetería, un amplio restaurante, una sala de baile con escenario, un mini cine, un área de recreo infantil. Salieron a cubierta. Una amplia terraza a popa y tres a proa, una por cada nivel del barco. Todas dispuestas con reclinables tumbonas. Mientras él se quedaba atrás observando la sala de máquinas, ella se dirigió a la proa del barco. Apoyada en la barandilla, cerró los ojos durante unos momentos, para memorizar mejor las imágenes de un mundo mágico en vías de desaparición, las tres gargantas del río Yangtzé.

Con música orquestal, fueron llamados a cenar. Dos cenas, tres comidas y un surtido desayuno buffet estaban incluidos en el precio del crucero, así como una excursión en barca por tres mini gargantas, una visita guiada a la mansión del gran poeta Qu Yuan, un espectáculo de Ópera y un tour por la presa más grande del mundo.

Enseguida se alegraron de haber optado por el régimen de pensión completa. Les ofrecieron un banquete digno de la emperatriz Cixi, tanto por la exquisitez, como por la variedad y abundancia de los manjares. El capitán y su tripulación vinieron a saludar a los pasajeros, asegurándose de que todo estuviese a su gusto.

Tras la cena, fueron agradablemente sorprendidos por una pequeña demostración de danza folklórica, que no recordaban haber leído en la programación del crucero. Tras el espectáculo, se abrió el baile. La orquesta tocó valses hasta pasada la media noche, siendo luego sustituida por un DJ que les pinchó una selección de música algo más moderna. Los grandes éxitos de los años ochenta y algunos de los noventa. Ella estaba encantada. Bailaron y bebieron hasta altas horas de la madrugada.

Por fin se rindieron extenuados. Fueron a cubierta, la terraza estaba vacía. Se derrumbaron en una de las tumbonas y, durante unos minutos, se quedaron ensimismados contemplando la luna llena, de color ámbar, reflejada en las aguas límpidas del Yangtzé. Los primeros rayos del sol empezaban a rasgar el manto de la noche. Un nuevo amanecer. A lo lejos, mezclado con el monótono murmullo de los motores, se oía una canción de Céline Dion. Ella volteó su rostro hacia él, su oscura melena despeinada por el viento. Entreabrió sus carnosos labios, encendidos por la pasión, y dijo: “Put your hands on me, Juni!”.


El tour a las tres gargantas del río Yangtzé empezó a las seis y media de la mañana, cuando un “pick up” vino a recogerles a su hostal de Chengdu. No para llevarles al barco, sino a un autobús. Tan sólo seis horas más tarde, llegaron a Chongqing, una ciudad de 32 millones de habitantes (siete veces la población de la República de Irlanda, casi nada), donde les dijeron: “Hala, a paseo hasta las 4:30 y ni se os ocurra volver tarde”. En “chinglish”, claro.

A dicha hora, salieron disparados hacia el muelle, donde les esperaba otro autobús. Cuatro horas después, “ensandwichados” entre dos chinos en los asientos de última fila, llegaron a Ychang. La luna llena, de color ámbar, brillaba en el firmamento. Él, destrozando música y letra de una canción de La Unión, le cantó al oído: “La luna llena sobre Chochín, ha transformado el barco en autobús, auuuuuuú”…

Por fin embarcaron en el “Yun Yang”. Mil chinos y su abuela empujándoles por las escaleras. A tropezones se abrieron paso entre la multitud, cruzaron una cortina de humo tan densa que impedía la visibilidad de los carteles de prohibido fumar, llegaron a un pasillo y se refugiaron en el camarote 302.

Dos literas, una mesita con termo y dos tazas, un taburete, un desvencijado televisor, un minúsculo baño con el lavabo roto y la ducha por encima del inodoro. “Bueno, por lo menos estamos solos, con un poco de suerte igual no viene nadie”, dijo ella sin terminar de creérselo.
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Cinco minutos más tarde, un chino aporreaba la puerta. No tenía la llave de su camarote, el 302. Entró con su mujer y saludó a la pareja de blancos. Éstos sólo hablaban dos palabras de chino (hola y gracias) y aquéllos, dos de inglés (hola y lo siento) y cero de español. Las dos parejas se sentaron en la cama inferior de las literas, frente a frente, en un incómodo radio de medio metro. Se miraron perplejos. Él le dijo a ella: “anda, saca el cuaderno y dibújales una conversación” (un método que había dado satisfactorios resultados a la hora de encargar comida en puestos callejeros). “Mejor ofréceles una chocolatina para romper el hielo”, contestó ella. Sonrisas.

Fueron a llenar el termo de agua caliente y se prepararon su sopita de fideos liofilizada para cenar. Enseguida se alegraron de haber aprovechado las cuatro horas libres en Chongqing para comprar algo de comida. No sólo les daba algo que hacer, sino que además les evitaba el tener que cenar en el restaurante de fumadores.

Ni la comida, ni la excursión en barca por las mini gargantas (150 yuanes), ni el acceso a la plataforma de observación (30 yuanes), ni el viaje de vuelta a Chengdu (130 yuanes de autobús, 60 yuanes p/p de hotel en Wuhan, y 322 yuanes de tren) estaban incluidos en el precio del crucero (770 yuanes). Sí lo estaban las entradas a la mansión del, para ellos, desconocido poeta Qu Yuan, la opereta que por poco les dejó sordos, y la visita a la presa más aburrida del mundo.

A las seis de la mañana, mediante gritos acompañados de aporreamiento a su puerta, se les informaba que el barco estaba a punto de penetrar la primera garganta. Tras hacer cola para el baño y llevarse a la boca una magra barrita de cereales, salieron a cubierta. Como se habían negado a pagar por el uso de la plataforma de observación, se dirigieron a la proa del barco, donde tropecientos chinos se peleaban por conseguir sus cincuenta centímetros cúbicos de espacio en una terraza de diez metros de largo por uno y medio de ancho. Ella se puso de puntillas, pero aún así no alcanzaba a ver más allá de la gran muralla humana. Él, cortésmente, le acercó una silla de plástico y le dijo: “anda, enano, súbete aquí”. Durante veinte minutos, la guía turística les taladró el oído con su megáfono. Increíble la cantidad de información que pudo llegar a dar sobre la topografía e historia de la garganta. Toda ella en chino.


Se fueron en busca de un rincón menos concurrido, lo encontraron en uno de los pasillos laterales del barco. Acababan de apoyarse en la barandilla, cuando una repentina cascada de fideos en su jugo (presuntamente gástrico) cayó del piso superior, salpicando a un metro de distancia. “Bien”, dijo ella, “mejor no nos asomemos demasiado”.

El barco surcaba lentamente las aguas pardas del Yangtzé, dispersando un islote de basura. Un bulto, de aspecto indefinido, flotaba en dirección a ellos. Él, con los ojos aún entornados para atisbar mejor el cuerpo misterioso, volteó su rostro hacia ella y, con voz animada por la excitación de su descubrimiento, dijo: “Mira, Pichu: ¡Un perro muerto!”


Nota 1: Dos de las fotos del texto han sido tomadas de internet, las otras dos son originales nuestras. Una de las historias es verídica, la otra un cuento chino. Quedaos con la que más os guste.

Nota 2: Por cierto, la historia de nuestro crucero no termina ahí. Dado que el final de nuestra peliculita va de polis y cacos, le he dejado al Juni el gusto de contároslo.

(Escrito por ella desde Wuhan, provincia de Hubei, China, 01/10/07)