09 marzo, 2007

Adiós Camboya

Las ruinas de Angkor, en Siem Reap, son símbolo del orgullo nacional camboyano y uno de los sitos arqueológicos más visitados del sudeste asiático. Pero aún más admirable que sus templos es el espíritu del pueblo de Camboya. Alegres y bromistas, los camboyanos sonríen pese a su miseria y sufrimiento.
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Si en Kanchanaburi vimos las tumbas y otras huellas inertes de la guerra, en Camboya, ésta es un recuerdo vivo, una herida abierta. Cada adulto de nuestra generación, o mayor que nosotros, es un sobreviviente, alguien que ha vivido o presenciado el éxodo, los campos de trabajo, la cárcel, las torturas, las muertes de sus familiares.
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Los cuatro años del régimen de Pol Pot diezmó la población de Camboya por la mitad. En Tuol Sleng, la prisión de seguridad conocida como S-21, fueron encarceladas y exterminadas 20000 personas. Sólo siete hombres sobrevivieron, tres de los cuales todavía pueden contarlo hoy.
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Las cifras son abrumadoras, pero no dicen mucho. Son meras estadísticas. La verdadera tragedia es la del hombre torturado, la del niño que pierde a sus padres, la de la madre que llora la muerte de sus hijos, la de los presos que desearían no haber nacido.
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Desde mi primera visita a Camboya, en 2005, he leído varios libros testimoniales sobre los horrores perpetrados por los Khmers Rouges*. Autobiografías aterradoras, cuya realidad no debe de distar mucho de las vidas de los cientos de personas que me he cruzado por las calles de Phnom Penh o Siem Reap. Me moría de ganas por hablar con ellos, por preguntarles acerca de sus vidas, por escuchar sus historias. Pero no es fácil hablar de la guerra, hurgando en la herida de un pasado demasiado reciente.
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Nuestro conductor de tuk tuk, en Siem Reap, contó a José que había perdido la mayor parte de su familia a manos de los comunistas. Eran siete hermanos y sólo quedaron en vida el padre y un hermano. Durante nuestra visita a S-21, pregunté a la guía cuantos años tenía cuando los Khmers Rouges entraron en Phnom Penh, el 17 de Abril de 1975. Tenía 14 años. Salió de la capital ese mismo día, siguiendo el flujo de la gran masa de deportados, en dirección a la frontera con Vietnam. Dos días más tarde, murieron sus padres. Los Khmers exterminaban a los intelectuales y su madre había sido profesora de francés. Se le empañaron los ojos mientras nos contaba estas cosas, así que no le hice más preguntas.
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La oportunidad de conversar sobre este tema llegó cuando menos la estaba buscando. Acababa de encargar la cena en el hostal cuando se me presentó un hombre mayor, Alain. Un antiguo piloto, oficial del ejército aéreo francés, retirado y residente en Sihanoukville, Camboya. Empezamos a conversar y a los pocos minutos se nos unió su mujer, Yin, mitad tailandesa, mitad camboyana. Yin también había sido militar, siguiendo los pasos de su padre, oficial del ejército de Lon Nol.
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Yin me enseñó sus heridas de guerra, unos balazos en el hombro y en la nalga. En un idioma que los franceses calificarían de “petit nègre” (mezcla de camboyano, inglés, francés y alemán) me contó algunos pasajes de su vida.
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Ella se encontraba en Battambang, en el noroeste del país, cuando Pol Pot subió al poder. Los Khmers Rouges obligaban a la población de las ciudades a abandonar sus casas y marchar hacia el campo. Disfrazaban sus órdenes como medida de seguridad, para proteger a los civiles de la supuesta amenaza de bombardeos americanos. El verdadero motivo era la depuración social: abolir el modelo de vida urbano, reformar a los ciudadanos dentro de las comunidades rurales, purgar los elementos sociales no reformables, intelectuales, políticos y militares del antiguo régimen.
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Antes de empezar con las deportaciones, los comunistas pedían a la población que se identificasen usando uno de los tres registros disponibles: el de los campesinos, el de los intelectuales y el de los oficiales del ejército. Estos últimos se alistaban engañados por los Khmers Rouges, que prometían una reinserción de los militares dentro del nuevo régimen. En realidad, los militares eran llevados en camiones a las afueras de la ciudad, donde eran ejecutados.
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El padre de Yin sobrevivió milagrosamente. Los Khmers Rouges lo maniataron a la espalda, sin advertir que escondía un cuchillo en el pantalón. Consiguió cortar sus cuerdas, desnucar a un guardián, arrebatarle el arma y matar con ella al resto de sus captores. De esta manera escapó a su ejecución y hoy sigue vivo en las cercanías de Poipet, en la frontera con Tailandia.
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Yin se hizo pasar por campesina. De los diez a los catorce años, sirvió como prisionera en el campo, realizando trabajos forzados para los comunistas. Todos los días debía cavar 35 metros de zanja, de lo contrario sería ejecutada. Un hombre mayor se apiadó de ella y la ayudaba a terminar su zanja. Un Khmer Rouge, advirtiendo este acto de compasión, mató al viejo de un garrotazo en el cráneo, ante los ojos de la niña. También vio morir a su hermano del mismo modo.
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El trabajo en los campos era extremadamente duro. Hombres y mujeres, ancianos y niños, cultivaban el campo sin descanso ni ayuda de animales de tiro o utensilios adecuados. No recibían atención médica y las porciones de comida eran mínimas. Sólo se les servía arroz aguado, dos veces al día. Las raciones eran escasas porque la producción de arroz se destinaba al trueque, para la compra de armas chinas.
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El odio de Yin por los comunistas es inmenso y todavía palpable. Cuando los vietnamitas derrocaron al gobierno de Pol Pot y se instalaron en Camboya, ella luchó en la guerrilla contra los hombres del Viet Cong. No mostró ninguna compasión por los hombres que cayeron en sus manos. Yin los sometía a torturas inhumanas. Les despellejaba los brazos y vertía sal sobre sus heridas en carne viva. Los enterraba, dejando al aire tan solo sus cabezas, que rodeaba con leña. Apoyaba una olla sobre la cabeza del vietnamita y la usaba como combustible para el fuego, mientras cocinaba la cena.
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Éstas son las cosas que no logro entender. Por mucho que uno odie a su enemigo, ¿cómo es posible para un ser humano no sentir empatía por el terror, la agonía y la desesperación de otro ser humano?
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Le hice esta pregunta a Alain. Me contestó que todas las guerras eran iguales, que en todas se cometían torturas, que el odio deshumanizaba. Su mujer torturó presos y él hizo lo mismo, aunque con otros medios, durante la guerra de Argelia. Los franceses usaban la electrocución para hacer hablar a sus presos. También los llevaban de paseo en helicóptero, abriendo la puerta de la cabina a 600 metros de altura. Si el preso no hablaba, se le “enseñaba a volar”.
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Alain me explicó que la compasión es un sentimiento inoportuno durante la guerra, pues vuelve vulnerables a los soldados. Un soldado que siente compasión por su enemigo, es un soldado muerto.
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No quiero entenderlo.
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*Si os interesa leer testimonios sobre el régimen comunista camboyano, de 1975 a 1979, os recomiendo estos libros: “D´abord, ils ont tué mon père” (“Primero, mataron a mi padre”) de Loung Ung y “Survival in the killing fields” (“Supervivencia en los campos de la muerte”) de Haing Ngor (no respondo de la traducción de los títulos al español).
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(Escrito por ella desde Saigón, Vietnam, 08/03/07)