24 marzo, 2007

Llueve en Hué

¿Qué harías tú en Hué si afuera estuviese cayendo la de Noé y te quedases encerrado con tu pareja en la habitación del hotel? Si has contestado “jugar unas partidas de dominó”, ¡enhorabuena, eres de los nuestros!

Claro está, José es el más afortunado en amores y yo me consuelo con haberle ganado la mano en la apuesta por el uso exclusivo de “Federico” para el resto de este día tan miserable. Cruzo los dedos para que no tengamos otro parón de electricidad como el de ayer, que nos dejó en la oscuridad hasta las nueve.

Hué, qué bonita es la ciudad imperial de Hué cuando no llueve. Claro que no sé si nosotros la veremos. Desde que llegamos el sábado por la tarde, sólo hemos tenido unas seis horas de sol. Afortunadamente, las aprovechamos para alquilar unas motos e irnos a visitar un par de tumbas, las de Tu Duc y Minh Mang. Desde entonces, no ha parado de llover. Dos días llevamos matando el tiempo y preguntándonos hasta cuando quedarnos aquí. Las previsiones para el resto de la semana son penosas, nos van a caer unos chuzos de la muerte. Sea como sea, mañana nos armamos de valor y vamos a visitar la Ciudadela antes de pillar el autobús de las cinco para Hanoi. Es lo que hay, aquí como en el patio de mi casa: si llueve, pues te mojas…

Bueno, ¿qué os cuento hoy? Tengo una serie de temas pendientes: templo caodaista, minorías étnicas, masaje vietnamita, Easy Riders… ¡Hala, pero qué morro que tiene el Junior! Acaba de pillarse una cervecita del mini bar y se ha encerrado en el cuarto de baño, donde se está preparando un baño caliente con su espumita y todo. Sólo le faltan las velitas, los aceites esenciales y los pétalos de rosa. Capaz de todo para chincharme.

Ya que me lo está poniendo difícil para concentrarme en temas serios, me decantaré por algo liviano. Os contaré nuestra experiencia con el barbero de Dak Lak y, de paso, medio revelaré el secreto de cómo Junior recuperó milagrosamente el 50% de la capacidad auditiva de su oído izquierdo.

En mi escuela de masajes, el “Holistic Centre” de Dublín, me enseñaron una serie de pautas profesionales. Pulcritud e higiene. Manos limpias, uñas cortas, nada de olores corporales. Nada de perfumes, maquillaje o joyas. Un ambiente privado y relajante. Música ambiental, aceite de lavanda. No usar el dedo índice en el masaje facial, para no dañar los frágiles tejidos del rostro con una presión excesiva.

En cuanto vi el local al que nos llevó Peter, mi guía Easy Rider, supe que tendría que hacer tabula rasa de mi formación occidental. La barbería estaba en el bajo de una casa, con telón metálico abierto a la calle. Hacinados en el interior, ocho asientos reclinables, atendidos por dos masajistas, un barbero y un par de aprendices. El barbero entraba y salía con el pitillo en la boca. A mí me tocó una de las féminas, con zarpas de centímetro y medio, y cuatro onzas de chatarra tintineante colgando de cada muñeca.

El tratamiento, que duró más de una hora, era demasiado enérgico para resultar relajante. Eso sí, cuando se termina, te sientes ligero, despejado, totalmente revigorizado. Claro que cabe preguntarse si esa sensación se debe a la eficacia del tratamiento o es la respuesta natural de un cuerpo aliviado por el cese de maltratos y torturas.

Fuere como fuere, decidí entregarme plenamente a esta nueva experiencia asiática, sin quejarme ni ofrecer resistencia. No rechisté ni cuando la masajista empezó a machacarme las sienes con una brutalidad que dejó huella durante más de 24 horas. Por lo único que sí que no pasé fue por la invitación a afeitarme, que tuve que declinar por lo menos tres veces. Por lo visto, mis patillas son un pelo hirsutas, valga la redundancia (¡qué bien, un complejo nuevo para mi surtida colección personal!).

Lo mejor del tratamiento, amén del precio (dos euros y medio por barba, nunca mejor dicho), fue el lavado de cabeza. Me llevaron a la parte trasera del local, detrás de una mampara. Ahí tenían escondida una camilla, que se terminaba en palangana en un extremo. Mientras en las peluquerías occidentales te lavan la cabeza sentado, con la nuca y lumbares más o menos doloridas (según lo mal que esté ajustado el reposacabezas), en Vietnam, la experiencia es totalmente placentera. Estás cómodamente tumbado, con lo que no te duele nada, ni te entra agua en los ojos. Te lavan la cabeza tres o cuatro veces, girándote la cabeza lateralmente para masajearte bien el cuero cabelludo, y aclarándote el pelo con agua tibia. Una pasada.

El pobre José no conoció este tratamiento VIP, pues le cortaron el pelo a seco. Eso sí, con mucho esmero y paciencia, cortándole el cabello mechón por mechón, milímetro por milímetro. José insistía en que usasen la maquinilla para acabar antes, pero el barbero y sus dos aprendices, tras asentir sonriendo, seguían afanándose con las tijerillas. El resultado de tan laborioso proceso fue espectacular: le quitaron diez años de encima al Junior y me lo dejaron clavadito a Tintín. Os lo prometo, con tupecito y todo. Sólo le falta hablar francés con acento belga y ¡ya tenemos a Tintín en Vietnam!

Después del corte, vino el afeitado. De nuevo le quitaron otros diez años, quedando como un niño de primera comunión. Por lo visto, los hombres también sufren para ser bellos. José me confesó que por poco se le escaparon unos lagrimones del dolor. Le afeitaron con cuchilla y a contrapelo, tanto en la primera como en la segunda pasada, y para rematarlo, casi no le pusieron espuma de afeitar.

Un tratamiento que sí compartimos fue el de limpieza de oídos, algo que los vietnamitas se toman muy en serio. Un arte a medio camino entre la neurocirugía y la minería. Equipados con una linterna frontal y un arsenal de instrumentos alargados, te van hurgando la oreja, metiéndose hasta el tímpano, hasta extraer todo el oro de tus oídos. A medida que te sacan la cera con una espátula finísima, la van depositando sobre el dorso de tu mano, para que puedas admirar y sentirte orgulloso de tu propio producto. Preguntadle al Junior qué fue lo que salió de su oído izquierdo, preguntadle, preguntadle, que no os lo vais a creer…

Si lo de la limpieza de oído os dio algo de grima, no os perdáis lo siguiente. Al vietnamita que estaba a mi lado, le pusieron unas gotitas de un líquido azul (¿o era verde?) en los ojos (quiero pensar que era colirio) y tras dejarlo actuar durante unos segundos, con un instrumento alargado y rematado por una bolita de goma, le hicieron una limpieza de párpado. Partiendo del lacrimal. Por dentro. Puaj.

Advertencia: si bien os animo a que experimentéis con el masaje asiático, no así con la limpieza de oídos. Nos hemos enterado a posteriori de que los tour operadores franceses han dejado de promocionar dichos tratamientos por haberse dado dos casos de perforación de tímpano. Una y no más, santo Tomás.

(Escrito por ella desde Hué, Vietnam, 20/03/07)

2 comentarios:

MONICA. dijo...

y en Infiesto ( Asturias ) tambien llueve ,para no variar.
La verdad que estoy disfrutando mucho leyendo vuestras aventuras y mirando las fotografias...algun dia yo tambien hare un viaje asi.Disfrutar mucho de esta experiencia unica e irrepetible ...llueva o haga sol...
un saludo desde Asturias para Jose de la gran sirena ...jejejejeeje.
y otro para Isabel ( aunque no la conozca en persona.)Pero algun dia que te traiga Jose a comer tortilla guisada con sidra .....¿te acuerdas?...donde os lleve un dia a comerla.
chaaaaaaaaaaao.

El y Ella dijo...

Hola Monica!

Yo siempre encuentro un hueco para una tortilla y unas sidras, aunque ahora le de mas a los noodles y a la cerveza local.

Me alegra de que te guste el blog y de que nos vengas siguiendo. Mañana nos vamos a Laos, desde alli seguiremos informando ;)

Abrazos y besos, Chapiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii

Jose