04 marzo, 2007

El país de las sonrisas II : La ciudad sobre el rio

Tras la invasión del país por parte de soldados japoneses, Isa descubrió una manera en que podríamos engañarles para hacerles retirarse más allá de la frontera. La primera parte del plan consistió en proveernos de elaborados disfraces de extraterrestres. La segunda, de conseguir una abundante provisión de espuma de afeitar, lo que no fue difícil. La tercera parte requirió convencer al tonto del pueblo, de apellido Zapatones, y con su colaboración lanzar nuestro ataque.
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Nos colocamos, disfrazados, frente al enemigo y procedimos a rociar de espuma de afeitar a nuestro cómplice que, entre gritos agónicos de dolor, hizo creer a los japoneses que era ácido lo que le impregnábamos. Tan real fue su actuación que huyeron despavoridos para no ser los siguientes en sufrir la ira alienígena. Isa y yo celebramos nuestra victoria de una manera de la que no puedo dar detalles…
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Ese sueño lo tuvo ella al día siguiente de llegar a Kanchanaburi, pero si uno lee la historia de la que ese pueblo forma parte, no es de extrañar que le asalten las pesadillas.
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Kanchanaburi. Suena indio ¿verdad? Pero no, está en Tailandia, a unos 130 Km al oeste de Bangkok y fuimos allí de excursión durante tres días después de haber visto lo principal de la capital (el bullicio turístico de Khao San Road, la acumulación de tesoros arquitectónicos en el Palacio Real, los 46 dorados metros del Buda reclinado de Wat Pho, la intrincada sencillez de Wat Arun y un paseo por los canales de la ciudad).
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Como imagino que aún no habéis caído en qué es lo que hace especial a esta ciudad (que es más grande de lo que parece en el mapa, así que olvidaos de recorrerla andando “en quince o veinte minutos”) os daré una pista: hay un río y de su fama vive la ciudad. En realidad son dos, pero es uno solo el que cuenta, y su nombre es Kwae. Y, en realidad, la ciudad vive de la fama de un puente que ya no existe tal y como se construyó, pero que sigue uniendo las dos orillas.
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Donde hoy se levanta un puente de acero y hormigón construido por la empresa Yokogawa Bridge Works y financiado por el Gobierno japonés tras terminar la guerra, se asentaba otro casi idéntico que fue bombardeado en 1945 por la aviación aliada (pese a que los japoneses, despiadadamente, habían colocado a prisioneros de guerra como escudos humanos para prevenir ese evento), para destruir una de las principales vías logísticas del Imperio, el llamado Ferrocarril de la Muerte, que durante casi dos años atravesó Birmania (la actual Myanmar) hasta Tailandia, transportando soldados nipones, suministros y armas.
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Antes de ese puente, a unos trescientos metros corriente abajo de donde se ubica el actual, existió otro, de madera, que fue el que inspiró el libro de Pierre Bouille y la posterior película de Hollywood que todos recordamos. Las condiciones en las que los japoneses mantenían a los prisioneros de guerra aliados eran tremendas y lo que hemos visto en pantalla es sólo un pálido reflejo de la brutalidad real (merece la pena visitar alguno de los dos cementerios aliados de las inmediaciones y guardar silencioso respeto por las almas de los que allí reposan, setenta años después del fin de su agonía). Se podría decir que el desprecio de sus captores por aquellos pobres hombres no tiene parangón, pero desgraciadamente sucedía lo mismo en Europa con los Nazis hacia los judíos, y volvería a ocurrir en el mismo continente con las masacres de bosnios por parte de los serbios. En Asia, los comunistas se encargaron de demostrar que lo mejor que se puede hacer con la Historia es borrarla de un plumazo y se aplicaron diligentemente a exterminar a la mitad de la población de Camboya entre 1975 y 1979.
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En Kanchanaburi hay dos museos que muestran las condiciones inhumanas en las que vivían (y morían, por ejecuciones, inanición, agotamiento, disentería, diarrea, etc.) los prisioneros de guerra. Uno es el Jeath, que está en el centro de la ciudad pero al que no pudimos llegar. Sin embargo si lo hicimos al “World War II” que está situado a sólo 50 metros del puente sobre el rio Kwae. Pese a que el museo en general parece más bien una exhibición de cosas mezcladas (hay armas del Eje identificadas erróneamente como de los Aliados y otras que aparecen en reconstrucciones de escenas del periodo 1942-1945 que en realidad son de los años cincuenta y sesenta) y muchas de las traducciones del tailandés al ingleses resultan simpáticas, cuando no directamente grotescas, tiene una buena exposición de fotografías de la época que demuestran gráficamente que una imagen vale más que mil palabras, sobre todo para mostrar el horror que sufrieron esos pobres hombres.
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También la población civil vivió esas condiciones, aunque no de manera tan cruda como en Corea. Aquí los japoneses crearon dos Ejércitos para los nativos, el “Blood Army” (Ejército de la Sangre) y el “Sweat Army” (Ejército del Sudor). Para el primero, los varones en edad militar eran “reclutados” y servían como soldados a las órdenes niponas. Para el segundo, mujeres, adolescentes y viejos eran básicamente conducidos a realizar trabajos forzados, construyendo carreteras, zanjas, edificios, despejando la jungla, etc. Las mujeres, además de sufrir con todo lo anterior, eran objetos sexuales para el necio disfrute de sus amos imperiales.
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Hoy es posible viajar en tren desde Bangkok hasta Kanchanaburi y bajarse en la estación justo antes del famoso puente. Si queremos cruzarlo en ferrocarril, hay un servicio de tren turístico que tiene como destino Nam Tok, en el antiguo campo de prisioneros de Tarsau. El puente está abierto al público y se puede recorrer libremente, con las debidas precauciones, desde un extremo a otro. Resulta difícil de creer que algo que parece tan estrecho, tan pequeño, pero tan sólido cuando se camina por él, haya costado tantas vidas…
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¿Qué más se puede hacer en esa ciudad? Bueno, siempre se puede acariciar un tigre. A unos 30 Km existe un monasterio budista en cuyas instalaciones* se encuentran acogidos todo tipo de animales, desde gallinas hasta vacas pasando por jabalíes, búfalos de agua y ciervos. Y el rey de todos ellos, el tigre. Se pueden visitar los animales (el importe de la entrada contribuye a la construcción de un refugio más permanente y que facilite su vida en cautividad) y la atracción estrella es que se pueden tocar los tigres. Diariamente los sacan de sus jaulas y los llevan a un cercano cañón donde casi una docena de estos imponentes animales pueden ser contemplados de lejos, y de cerca. Haces fila, te dicen que te quites la gorra, mochila y botella de agua si las llevas. Le entregas tu cámara a uno de los voluntarios, pues él se encargará de hacerte fotos (si un tigre no está acostumbrado a tu presencia y te ve con un objeto en la mano puede pensar que es un juguete, con desastrosas consecuencias para el visitante) y te coges de la mano de otro voluntario que te acerca a donde una espectacular y bella masa de músculo, dientes y garras, resopla incómodamente por el calor. Te dicen donde sentarte, te extienden la mano y dejan que acaricies al animal. Mientras tanto, miras a tu cámara y te hacen fotos a la par que tú deseas que el voluntario esté apretando el botón correcto. El pelo del tigre es suave y notas como su cuerpo se mueve cada vez que respira. Debajo se percibe la fuerza de un animal depredador sin compasión por su victima. Poco después, te levantan y te acercan a otro tigre y así se repite varias veces el proceso durante unos minutos que parecen segundos.
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Cuando finalmente vuelves a la habitación, lo primero que haces es descargar las fotos en el ordenador para comprobar que, efectivamente, eso no era un sueño y ha quedado constancia de que, por unos instantes, tuviste a un tigre mansamente a tus pies.
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¿He dicho habitación? Debería haber dicho cabaña. Nos alojamos en Little Creek (“Hideaway and Retreat” reza su publicidad) un agradable descubrimiento pese a que éramos reticentes a alojarnos en un sitio que estaba tan a las afueras, a casi 10 minutos en coche, de Kanchanaburi (pero varias veces al día hay un servicio de taxi gratuito entre el alojamiento y la ciudad). Sin embargo estamos muy contentos con la elección (casi como todas, de último momento y no relacionada con ninguna crítica favorable en nuestra guía). Pagamos 400 Baht por una cabaña con techo de bambú, con una habitación enorme y un cuarto de baño separado que, otra vez, tiene el espacio de la ducha sin un techo que la cubra. Esto parece como la casa de los Picapiedra con estilo. Alabamos la presencia de pequeños detalles, como las piedras de río en los extremos del suelo de la ducha, dejando despejada la parte inmediatamente debajo de donde cae el agua.
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No le falta ni un porche para sentarse tranquilamente a leer o a disfrutar de la tranquilidad de que los únicos ruidos sean los de los grillos y los siempre simpáticos y bienvenidos geckos (es una especie de lagartija que emite un curioso ruido que le da su nombre ge-kooooo y además, miel sobre hojuelas, se alimenta de los mosquitos que tienen asediada a Isa).
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Por tener, tenemos hasta un restaurante (“The Lake”) a la orilla de un pequeño lago y en el que la mitad de las mesas están al aire libre, orientadas hacia el agua (y, dado el clima, las otras mesas, las que están bajo techo, no tienen la vista oculta por ninguna pared). Hemos descubierto que pidamos lo que pidamos siempre pagamos 300 Baht o menos, como si tuviéramos una “tarifa plana”. Incluso cuando decidimos pedir pizza calzone, tras indicarnos el camarero que el horno (que está a la vista de los comensales) es el único de la ciudad construido por un italiano, para garantizar la autenticidad y calidad de las pizzas.
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Cenábamos tranquilamente, delicioso y barato, bajo las luces de unas discretas lámparas, casi solos en el restaurante. Era casi perfecto, pero las buenas intenciones (con pésima voz) del cantante-guitarrista que tocaba en directo cada noche eran la única nota discordante, literalmente, de la puesta en escena.
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*Wat Pa Luangta Bua Yannasampanno Forest Monastery,
www.tigertemple.org

(Escrito por él en Siem Reap, Camboya, el domingo 25 de febrero de 2007)