04 marzo, 2007

El país de las sonrisas III : Hasta luego, Bangkok

Para ir de Bangkok hasta Kanchanaburi pagamos 99 Baht y fuimos en autobús con aire acondicionado. Para volver a la capital, decidimos hacerlo en tren, no desde la estación principal, sino desde la que está antes del puente para terminar así nuestra visita. Las única diferencias eran una hora más de viaje, la posibilidad de estirar las piernas cuantas veces quisiéramos, pagar 1 Baht más por cabeza y probar el ferrocarril de Tailandia, cosa que aún no habíamos hecho y no podíamos dejar escapar, pues a ambos nos gusta este medio de transporte.
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Los vagones de tercera clase tienen asientos de madera, como los que se veían en los años cuarenta y cincuenta en España, pero no son excesivamente incómodos, por lo menos para un viaje tan corto, de apenas tres horas. Para el beneficio de los pasajeros, había cinco ventiladores en el techo y las nueve ventanillas de cada lado estaban completamente bajadas. El tren se hallaba así convertido en un único pasillo que conectaba todo el convoy, desde la máquina a la cola. El calor de otro modo hubiera sido insoportable.
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No lo parecían notar los vendedores que aparecían con frecuencia ofreciendo latas de refresco y botellas de agua a precios exorbitantes o los que tentaban a los viajeros con comidas y postres de agradable aspecto. Un rato después, aparecían otras personas que iban recogiendo los envases vacíos para venderlos y sacarse así unos cuantos Bahts para el sustento diario. Como siempre, lo que uno desprecia, otro lo aprecia.
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Al llegar a Bangkok recuperamos nuestros pasaportes. Los habíamos dejado en la agencia de viajes para que ellos tramitaran con las correspondientes embajadas nuestros visados para Camboya, Vietnam y Laos, así que volvemos a estar perfectamente identificados (y las tres llamativas y coloridas visas ocupan cada una su correspondiente página). Para ir a Kanchanaburi sólo unos días nos llevamos con nosotros la ropa justa y una mochila pequeña. Las grandes las habíamos dejado en el “Tourist Information Centre”, dos locales regentados por israelíes en una calle perpendicular a Khao San y que son agencia de viajes, restaurante, ciber café, locutorio telefónico y almacén de equipaje (tres días gratis, el resto a 10 Baht el día).
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Así que lo siguiente que recuperamos fueron nuestras mochilas. Decidimos de mutuo acuerdo que íbamos a dejar con los israelíes parte del contenido de las mismas (y después de un mes en la carretera ya habíamos identificado lo que podíamos dejar y lo que necesitábamos llevar) y así aligerar el equipaje, hasta que empezáramos a hacer compras. Compramos una resistente bolsa de mediano tamaño, la llenamos todo lo que pudimos y la fui arrastrando hasta su destino para los próximos dos meses.
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A la mañana siguiente nos levantaríamos a las cuatro y veinte para volar a Camboya, a Siem Reap. Íbamos a dejar atrás el bien llamado “País de las sonrisas” con una gente encantadora y tremendamente amable, que adora a su rey con ferviente devoción y cuyo retrato se encuentra por doquier, con posters, carteles y monumentos en cada pueblo o ciudad. Fotos y retratos adornan bares y restaurantes, incluso los taxis y los tuk tus cuentan con alguna fotografía suya. Y no faltan las medallas al cuello de los tailandeses con su imagen.
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Es un “hasta luego” a Bangkok porque después de Laos volveremos a pasar por aquí, antes de emprender la marcha hacia Myanmar. Hemos ajustado nuestros planes de viaje para poder coincidir con David, Manu, Mel y Diego, “los niños” y “mis Siths”, que se vienen a Tailandia el 21 de Abril para pasar dos semanas de vacaciones y olvidarse por una temporada de Guinness, frio, acciones y fondos de inversión. Los van a cambiar por Singha, calor, atracciones y diversión.
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(Escrito por el en Siem Reap, Camboya, el lunes 26 de febrero de 2007)