17 marzo, 2007

Camboya, hoy

Mi último texto reflejaba una visión de la trágica Camboya de un sangriento pasado reciente. En la Camboya de hoy en día hay ilusión por el futuro y por competir con Tailandia en la recepción de turistas con abundantes dólares, aunque sigue presente la corrupción, que no es de extrañar dado los bajos sueldos de policías, militares y funcionarios. Sin ir más lejos, en frente de nuestro hostal ha hecho aparición repetidas veces la grúa para multar y llevarse los coches aparcados con la excusa de la menor infracción imaginable. Se acerca una época festiva en la que es tradicional hacer regalos y los policías necesitan más dinero, por eso el número de sanciones aumenta.

Como hace más de medio siglo en Europa, son los camiones los encargados de repartir hielo entre los comercios y los puestos ambulantes. Detrás de la cabina, tapadas con una lona, barras de dos metros esperan apiñadas a la siguiente parada en la que los expertos golpes de un operario seccionaran varios trozos que servirán para enfriar latas y botellas de bebida o para preparar batidos y cafés con hielo.

Los conductores de vehículos de dos y tres ruedas y sus pasajeros, mayoritariamente, llevan pequeñas máscaras de tela para proteger su boca y nariz frente al polvo y la masiva contaminación atmosférica. El calor es espantoso y el sudor mana por todos los poros de mi piel, incluso cuando parece que a mi cuerpo no le queda líquido. He llegado a beberme una botella de litro y medio de agua en un par de horas paseando y, después, mi vejiga ha tardado otro par de horas en reclamar mi atención.

Los semáforos tienen una pantalla adicional en la que, por medio de una cuenta atrás, se informa a los conductores del tiempo restante hasta que cambie de estado (de rojo a verde o viceversa), un detalle muy útil para evitar muchos frenazos y colisiones. En el lado negativo, en todo Phnom Penh sólo me he encontrado con media docena de cruces en los que hubiera semáforos. Donde no los hay, imperan una serie de normas no escritas que sustituyen a cualquier Código de la Circulación…exactamente igual que ocurre donde hay semáforos.

Constato que los intermitentes apenas se usan y que, aún más peligroso, la mayor parte de los ciclomotores carecen de espejos retrovisores. La presencia de otros vehículos se advierte con apenas anterioridad merced a una serie prolongada de pitidos que antecede (o es simultánea) a las maniobras de adelantamiento, incorporación a un carril o abandono del mismo. No hay líneas en la carretera, ni continuas ni discontinuas, así que técnicamente no se invade el carril contrario.

Ver el fluir del tráfico mientras se pasea tranquilamente por la calle, sorprende. Hacerlo desde la parte de atrás de un tuk tuk, da miedo. Estar sentado junto con Isa y el taxista-conductor en un ciclomotor es una experiencia no recomendable para los débiles de corazón ni para las personas sensatas. Cientos de motocicletas invaden la calzada y los vehículos se incorporan a un carril tras varios metros circulando por el opuesto. Pitando y avanzando despacio se puede cruzar cualquier avenida por ancha que sea ésta y denso el tráfico. Con un sexto sentido adquirido tras años en las calles, nuestro ciclomotor se mueve ágilmente por huecos entre los vehículos que yo ni siquiera veo. La distancia que nos separa lateralmente de otras motos disminuye cuando nos acercamos a una intersección, pero la velocidad no lo hace tan rápidamente. Más de una vez creo que embestiremos o seremos embestidos, pero conseguimos volver a nuestro hostal sin un solo rasguño.

Si ser conducido en un vehículo de dos ruedas es sencillamente temerario, intentar cruzar la calle es una verdadera odisea y el procedimiento es esencialmente contrario a lo que haríamos en Europa, donde correríamos rápidamente para estar el menos tiempo posible a merced de los coches que pasan por la carretera. En Camboya hay que tener nervios de acero porque la manera correcta, y más segura, de cruzar la calle es hacerlo despacio. De esta manera las motos pueden alterar su recorrido y esquivarte mientras, con los ojos bien abiertos, vas calculando cuando quedarte quieto y cuando dar un paso firme, pero no demasiado rápido, mientras te rebasan los vehículos por uno y otro lado. El objetivo, hasta ahora cumplido, no es llegar al otro lado, sino conseguir hacerlo indemne.

Podría ser una analogía de lo que ocurre con este país, intentando llegar a una acera en la que hay paz y prosperidad mientras esquiva residuos del pasado y de un cambio de sistema que no ha resultado favorable para todos.

A las afueras de Phnom Penh hay un gran vertedero de basura en el que los camiones de la ciudad dejan su carga de residuos y detritus, el subproducto de toda ciudad que se precie. Restos orgánicos, papeles, plásticos y cualquier objeto imaginable (y muchos en los que ni se nos ocurre pensar) son transportados hasta ese lugar. Pero no se acaba ahí su vida útil y nosotros, con nuestras máscaras y krama camboyano sobre la boca para protegernos del fuerte olor, fuimos a verlo.

Personas agrupadas en equipos de una docena o más se distribuyen alrededor de cada montón de basura buscando, hurgando, revolviendo, extrayendo con paciencia los pequeños tesoros (plásticos, vidrios, etc.) que yacen como joyas en un mar de inmundicias. El nauseabundo hedor se agarrará a nuestra ropa mientras paseamos, tímida y silenciosamente, entre esa gente y su mísero quehacer. Niños y adultos por igual, procedentes de todas partes de Camboya, atraídos por el neón de la ciudad, vinieron buscando una vida mejor y encontraron más miseria que en el abandonado campo.

Como una metáfora de la vida, incluso en algo malo, sucio o feo se encuentra algo bonito o práctico. Entre lo que unos desechan, otros encuentran el sustento, Y, ojalá, este país encuentre el camino fuera de su particular montaña.

Nota: Para realizar varias visitas en Phnom Penh y alrededores, nosotros contratamos los servicios de un joven conductor de Tuk Tuk (Mi Vasna, móvil 092 68323720) que nos transportaba a cada uno de los sitios acordados y esperaba tranquilamente a que termináramos. El primer día estuvimos en el Russian Market (donde se encuentra ropa de todas las primeras marcas imaginables pero “Made in Cambodia” así como antigüedades, películas, software y souvenirs), el Palacio Real, y la prisión S-21. El segundo día nos llevó primero al vertedero de basura y después a uno de los Campos de la Muerte. La tarifa negociada fue de 8 USD el primer día y 12 USD el segundo.

(Escrito por él en Hoi An, Vietnam, el jueves 15 de marzo de 2007)

1 comentario:

electrostatico dijo...

muy curioso que el vertedero de convierta en destino turistico...
no estaremos buscando demasiado el morbo??