04 marzo, 2007

Tuk Tuk!

Son las 9:30 de la mañana en Phnom Penh. José decidió ayer que hoy no se madrugaba y le está echando auténtico empeño a su propósito. Hace ya más de una hora que no se puede pegar ojo aquí, con la luz que nos entra a raudales en la habitación, más la cacofonía de ruidos de la calle, trajín de gentes, tuk tuks, motos, bocinazos, martillazos, todo ello recubierto por la voz de los Beatles. Oh, yeah, yeah, yeah.

Aprovecho para escribir. No para hablaros de los tuk tuks de Phnom Penh, sino de los de Bangkok.

Muchas cosas se podrían decir de Bangkok y estoy segura de que José se encargará de daros una minuciosa y exhaustiva descripción de la ciudad. Así que me limitaré a contaros nuestras experiencias con sus taxis y tuk tuks.

En cualquier capital de occidente, uno para un taxi, le dice al taxista el sitio al que se desea llegar y, en la mayoría de los casos, el taxímetro se pone en marcha y el coche coge rumbo hasta alcanzar su destino, sin más paradas que las impuestas por semáforos y señales de stop.

En Bangkok es otra historia. Una mucho más divertida, a condición de no tener prisas por llegar. Para empezar, tú no paras al taxi, sino que por lo general, ellos (taxis y tuk tuks) te paran a ti: “Taxi, Sir? Tuk Tuk, Lady?”. Después se negocia un precio: tú intentas comunicar el sitio al que pretendes dirigirte (se lo dices, se lo repites más lento, se lo escribes en un papel, se lo enseñas en un mapa), el taxista te dice algo así como “two hundred baht” (los números en inglés sí que se los saben bien, el precio siempre se entiende clarito), tú le pones cara de Torrente (“¿pero qué me estás contando, chinito?”) y le dices que doscientos no, que ochenta. Por cien baht, terminas subiéndote al tuk tuk y ahí empieza la aventura.

A menos de dirigirse a un lugar turístico, tipo Khao San Road, Palacio Real o Wat Pho, en el 99% de los casos, el taxista no tiene ni pajarolera idea de cómo llegar al sitio. La primera parada la hace a los diez segundos de ponerse en marcha, para preguntarle a un colega (que en el 99% de los casos, tampoco sabe llegar al sitio) o a un transeúnte. Cuarenta minutos y diez paradas más tarde, por fin llega a su destino, ¡hurra!

Como nuestro hotel estaba en Thonburi, una de las antiguas capitales del reino y zona poco frecuentada por los turistas, la experiencia que acabo de describiros se repitió prácticamente a diario.

La palma al que más vueltas dio se la llevó nuestro primer chófer, un chino bastante entrado en años, conductor de taxi. Éste nos recogió en la estación de autobuses sobre las 4:30 de la madrugada y nos dejó en el hotel una hora más tarde (total, como sólo llevábamos trece horas de autobús, ¿qué nos supone una hora más de viaje?). El pobre hombre se hizo la picha un lío con las calles de sentido único y pasó por lo menos cuatro veces por los mismos sitios, ¡estaba más perdido que una gitana en un cuarto de baño!

El premio al mejor conductor, se la llevó un guajete tailandés, ¡el Fernando Alonso de los tuk tuks! Esto lo tengo que contar, porque estoy segura de que la nuestra fue una experiencia única, jamás vivida por ningún otro turista.

Acabábamos de decirle que no a un tuk tuk que nos pedía 300 baht y que no se bajaba del burro. Enseguida nos rodearon tres o cuatro conductores más que sí estaban dispuestos a negociar el precio. Uno de ellos nos cogió el mapa y dijo que por 100 nos llevaba, así que ya estábamos adjudicados y vendidos. Mientras el chino se estudiaba nuestro mapa con cara de gran concentración, llegó Alonso. Desbordando entusiasmo y excitación, exclamó: “¿World Residence Apartments? Me, I know! Me, I know!!!”. Le dijo al chino dos palabras, con tal poder de convicción que aquél inmediatamente nos soltó al mapa y a nosotros, y por 100 baht, sin perder ni un segundo en negociaciones, nos embarcó en su tuk tuk y salimos disparados.

A todo gas, 80 km/h por las grandes arterias de la ciudad, el Junior y yo desmelenados por el viento y aquél gritando: “¡qué guay!, ¡cómo mola!, ¡esto más que un transporte es una atracción!”.
Sin hacer ni una sola parada y en cosa de quince minutos, estábamos en la puerta de nuestro hotel. Fernando se embolsó el billete con una inmensa sonrisa, pero sé que no fue por la ganancia.

En el brillo de sus ojos, leí que acabábamos de presenciar el momento estelar de su carrera profesional. Lo recordaremos. Ad aeternum.

PD: se me olvidaba deciros que si los tuk tuks son una atracción, los taxis parecen de juguete. Los hay de todos los colores, pero los que más son como el coche de la Barbie, ¡rosa fucsia!

(Escrito por ella desde Phnom Penh, Camboya, 03/03/07)