04 marzo, 2007

Tres Tristes Tigres

Tres, los días que escapamos de Bangkok para visitar Kanchanaburi.
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Tristes, las huellas de la guerra. La ciudad de Kanchanaburi es famosa por el puente que los prisioneros de guerra construyeron en 1943, conocido como “puente sobre el río Kwai” por la película que se filmó allí. El puente forma parte de la línea de ferrocarril que los japoneses decidieron construir para crear una vía de acceso rápido entre Tailandia y Birmania. Esta línea, que se construyó en un solo año, era conocida como el “ferrocarril de la muerte” pues miles de prisioneros dejaron su vida en ella. La mayoría murieron de disentería durante los trabajos forzados, otros murieron durante los bombardeos (los japoneses colocaban a los prisioneros sobre el puente, para disuadir a las tropas aliadas de bombardear el puente).
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Las condiciones de vida en los campos de trabajo eran infrahumanas. Los hombres trabajaban de sol a sol, apenas recibían alimento (tres raciones diarias de arroz aguado) y ninguna atención médica. Caían como moscas.
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Les rendimos visita, en el cementerio aliado. El espectáculo de las tumbas era desgarrador y tuve que hacer esfuerzos para no llorar. Filas y filas de pequeñas lápidas, perfectamente alineadas, recordando los nombres, rangos militares, edades y fechas de fallecimiento de los que debajo yacen. Entre una lápida y la siguiente, apenas uno o dos días de intervalo. Principalmente británicos, holandeses y australianos. La mayoría tenían menos de treinta años, el más joven diecinueve.
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Tras el cementerio, visitamos el puente y el museo de la segunda guerra mundial, a pocos metros del mismo. Hacía un calor insoportable, demasiado calor para caminar por la calle. Después de comer, cogimos el tren, recorriendo palmo a palmo esos raíles de la muerte, desde Kanchanaburi hasta Bangkok.
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Tigres, los que acariciamos en el Wat Pa Luangta Bua, conocido como el “Tiger Temple”. A unos 30 kilómetros de Kanchanaburi, este monasterio es la antítesis de la guerra. Aquí se vive el espíritu de la compasión.
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En mayo de 1999, un pequeño tigre se quedó huérfano y fue recogido por unos campesinos. Buscaron un hogar para él, pero nadie se atrevía a hacerse cargo del cachorro hasta que se apiadó de él el monje Than Chan. El tigre fue acogido y criado por los monjes. Otros tigres huérfanos fueron llegando y, hasta esta fecha, dieciséis tigres son los que tienen refugio en el monasterio.
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Otros animales también han encontrado su morada aquí. Dos veces al día, los monjes esparcen comida por el suelo (pepinos, lechuga, grano, bellotas, algarrobas) atrayendo a toda clase de animales: jabalíes, búfalos, vacas, caballos salvajes, cabras, aves… Al principio, estos animales bajaban de su colina por la mañana y regresaban a su hábitat después de la pitanza. Poco a poco, algunos se fueron acostumbrando a los humanos y, tal vez por pereza o pragmatismo, se quedaron a vivir en el monasterio. Animales de especies tan distintas como el tigre y el cerdo, conviven aquí sin agredirse.
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En palabras del venerable Luangta Maha Bua Yannasampanno*: “gracias al poder de la compasión, los enemigos pueden volverse amigos”.
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*Para más información, podéis leer el sermón completo del monje en esta dirección: www.luangta.com (desgraciadamente, solo disponible en tailandés, inglés y alemán).
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(Escrito por ella desde Phnom Penh, Camboya, 04/03/07)