04 marzo, 2007

El país de las sonrisas I : Taxi Driver

Larry detuvo el taxi y, sin apagar el motor, se bajó del coche. Isa y yo nos volvimos a mirar y confirmé en voz alta lo que veníamos sospechando desde hacía un rato “Se ha perdido”. Ya nos parecía a nosotros que el hotel no estaba tan lejos de la estación de autobuses como para necesitar media hora de taxi, que no de tuk tuk, y dos paradas para que nuestro conductor conferenciara con varios peatones buscando orientación. Pasar por el mismo puente dos veces y otras tres al lado de la misma estación de tren (dos de ellas en el mismo sentido y la restante en sentido contrario) habían sido indicios tempranos de que “World Residence” en Soi Krungthonburi 1 no era un destino con el que estuviera familiarizado. Al final, una hora después de que nos subiéramos a su taxi, llegábamos sin mayor incidencia a la puerta de nuestra nueva residencia para los próximos días.
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Aunque el sábado aún no había amanecido en Bangkok, para nosotros ya era el final de un día bastante largo. Tras sólo trece de las anticipadas catorce horas en el autobús desde el Sur, llegamos a la capital de Tailandia a las cuatro y media de la mañana, cansados y obviamente algo desorientados. El taxista que más insistió de los que se nos acercaron, en cuanto el olor fresco a turista se esparció por el andén con nuestra bajada del autobús, comenzó pidiendo 300 Baht por el transporte al hotel que finalmente se quedaron en 220. Era bastante dinero pero no sabíamos la distancia que nos separaba de nuestro alojamiento ni cual era el precio de referencia para ese viaje (el trayecto lo estamos pagando a 80 desde aquí al centro, 100 desde el centro -recuerdo el cachondo que nos pedía 200 - y un taxi 100 pero llevando dos mochilas cargadas). Y al final nos alegramos de que no llevara taxímetro porque los quince minutos que debió haber tardado se convirtieron en sesenta y no fue hasta las cinco y media de la mañana que pudimos por fin dejarnos caer, exhaustos, en la cama
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En cualquier ciudad del mundo los taxistas conocen las calles principales, las secundarias y todos los hoteles y bares imaginables. En Bangkok tú le das el nombre de un hotel al taxista o conductor del tuk tuk (una especie de motocicleta-triciclo en la que los pasajeros se sientan en la parte de atrás y el conductor en la de delante, con un parabrisas que se prolonga verticalmente y hacia atrás para unirse con el techo del vehículo), este te sonríe, acordáis un precio y se pone en marcha. Unos metros más adelante se para y le pregunta a otro conductor si sabe dónde está el hotel al que tú vas porque él no tiene ni idea.
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Y no es un problema de tu acento. Cuando salimos del hotel en dirección al centro tuve la previsión de acercarme a la recepción y llevarme uno de los impresos de propaganda, tamaño folio, con fotos y el listado de precios de habitaciones en el anverso y la dirección y número de teléfono y, en el reverso, un mapa detallado de la zona en que se encontraba el hotel, en que se veía claramente que puente cruzar y el nombre de no menos de dos avenidas principales que conocería cualquier habitante de la ciudad.
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Para volver, se lo enseñamos al conductor del tuk tuk, que dijo “no problem”, nos montamos en el vehículo, arrancó y lo paró diez metros más allá para consultar con el portero de un hotel. No sólo eso, sino que tuvo que volver a preguntar en un puesto de comidas y, ya entrando en la calle correcta, a dos transeúntes.
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No quiero ni pensar dónde hubiéramos acabado, ni a que hora, de no haber sido por el mapa que le enseñé al conductor.
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En todos los días que estuvimos en Bangkok, solo uno de los tuk tuk ha conseguido llevarnos al hotel sin pararse a preguntar ni una vez. Y además lo hizo, en un tiempo record, a una velocidad de vértigo. Una vez a salvo y ya bajados del bólido, con paciencia y hablando despacio, intenté averiguar cuál era el límite en ciudad a lo que él me contestó que una o dos horas era lo que podía conducir en un tour. Me negué a intentar buscar una relación entre su respuesta y mi pregunta e, insistiendo, lo único que logré averiguar es que el vehículo podía alcanzar una velocidad máxima de 80 Km/h. Os aseguro que desde la parte de atrás, viendo como esquivaba motos, coches, otros tuk tuks y la forma de frenar hubiera jurado que íbamos a doscientos por hora.
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(Escrito por el en Siem Reap, Camboya, el sábado 24 de febrero de 2007)