28 febrero, 2007

Adiós al paraíso

El Jueves fue el último día que pasamos en Koh Lipeh, en el bungaló, en Forra, en nuestra esquina ibizenca, en la playa de arena tan fina que parecía pasada por un tamiz. Si de mis palabras se desprende una cierta tristeza es porque no fue fácil decirle adiós a ese rinconcito del Mar de Adamán.

También fue mi último día del curso y si bien la inmersión de la mañana aún incluía ejercicios, la de la tarde fue más relajada. Aprovechando la hora larga de travesía de vuelta a la isla, tranquilamente sentado en la proa del barco, completaba y aprobaba el examen. Después, sentado junto a Donatien en Pattaya, mientras rellenaba en mi cuaderno de buceo los datos de mis inmersiones me prometía a mi mismo que esta experiencia no quedaría en una mera anécdota y volvería a bucear, en Koh Tao, Australia o Nueva Zelanda.

(Isa, toma nota, que tú aún no has contado lo de tu curso de cocina en Singapur ¡y yo en cambio ya he dado pormenorizados detalles de mi curso de submarinismo!)

Esa noche tiramos la casa por la ventana y decidimos no regatear en gastos para la cena. Ante mi alegre beneplácito ("¿pero tú sabes lo que nos va a costar la carne a la parrilla en el Pooh? ¡Con eso pagamos un día de alojamiento y una cena en cualquier otro sitio!") Isa eligió probablemente el restaurante más caro de la isla y ambos decidimos que la ternera que traian en barco desde el continente sería el plato principal, debidamente pasado por una parrilla, media vuelta para ella, carbonizada para mí. A veces, el dinero es lo de menos y que la cuenta, con una cerveza de 220 Baht capricho de un servidor, ascienda a 900 Baht no tiene importancia.

El viernes por la mañana fue el momento de volver a meter todas las cosas en las mochilas (bueno, en realidad solamente yo, porque Isa lo hizo la noche anterior), hacer cuentas con Ian (Antoine estaba en el continente por unos días) y después coger otro "long tail boat" que nos llevara hasta donde el barco que nos transportaría a Pakbara iba a atracar. Como ya dije en un post anterior, no hay puertos en la isla, los botes sencillamente se varan en la playa y los ferris anclan a unos cientos de metros de la costa. El viaje no fue directo, sino que se pasó por Tarutao para dejar a unos pasajeros y recoger otros, de modo que hasta la una de la tarde, después de unas dos horas y media, no llegamos a la costa.

Lo que nosotros vimos de Pakbara es básicamente una gran avenida bajo un calor asfixiante que termina en el puerto. Tiendas de recuerdos, un par de restaurantes, varios puestos callejeros y, naturalmente, agencias de viajes que gestionan billetes y estancias en toda Tailandia. Nos quedamos algo más de una hora hasta que, en la parte de atrás de una camioneta y acompañados de un par de tailandeses y otro viajero, hicimos un recorrido de unos quince minutos hasta la parada del autobús que nos llevaría a Bangkok.

Hubo otra espera hasta que llegó nuestro transporte y aproveché para comprar una botella de agua porque no estábamos seguros de que nos darían o se podría comprar (por si acaso en Pakbara había comprado patatas fritas sabor gambas asadas, cacahuetes sabor gambas y aperitivos sabor a gamba con chili para que hubiera algo de variedad) en el autobús para el que teníamos ni mas ni menos que 13 billetes y 2 vales de comida. Cuando llegó descubrimos que era la versión local de un ALSA Supra, con azafata (más bien regordeta), servicio de bebidas y aperitivos adaptados a Tailandia (una botella de agua mineral, una bandejita con tres pasteles tipo bizcocho bastante ricos, un brik de algo que parecía un refresco de soja, una bolsa de cacahutes salados sabor a gamba) y una manta.

¿Cómo que para qué queremos una manta si estamos en Tailandia, más cerca de los 30 que de los 25 grados de temperatura? Una de las características de un país en esta latitud es que en coches y autobuses el aire acondicionado siempre está en una de estas dos posiciones: fuerte o exageradamente fuerte. Por otro lado, si aún no lo he mencionado, el viaje desde Trang a Bangkok duraba 14 horas, saliamos a las tres y media y no llegaríamos hasta las cinco y media de la mañana, así que la manta era doblemente imprescindible.

Sorprendentemente paramos a las seis de la tarde para cenar (de aquí los vales de comida) aunque a nosotros no nos apetecía nada pero dedujimos correctamente que si cada uno tenía un solo vale es que el autobús haría una sóla parada, aparentemente en doce horas (afortunadamente, además de azafata y snacks también tenía baño). La cena la hicimos, al estilo tailandés viajero, en un "food stall". Creo que no lo he comentado aún pero en Asia se puede comer en restaurantes (al estilo occidental pero de ambiente y menú locales), puestos callejeros (tremendamente populares, son carritos motorizados, a pedales o de desplazamiento manual) o los llamados "food stalls" en los que se juntan varios puestos permanentes o desplazables y en la misma zona o bajo el mismo techo encontramos variadas o similares ofertas culinarias.

Comimos en una mezcla de restaurante y "food stall", sentándonos los viajeros juntos en dos mesas. Trajeron vasos y una jarra de agua y se repartió entre todos. Después un enorme recipiente con arroz que uno de los viajeros se encargó de ir llenando nuestros respectivos platos. Un camarero depositó en la mesa las cuatro opciones para esa tarde (una especie de sopa de pescado, un picantísimo plato de pollo, uno de carne picada y uno de verduras) y nos fuimos sirviendo cada uno a nuestro gusto. Media hora después, renaudabamos el viaje que, finalmente, no duró las esperadas catorce horas sino solo trece porque a las cuatro y media de la mañana del sábado nos bajábamos en la estación sur de autobuses de Bangkok.

Si nunca habeis estado tanto tiempo encerrados en un autobús sólo se pueden dar dos posibles situaciones a la hora de describir la experiencia. Si teneis suerte, aburrida. Si no, aburrida e incómoda.

Dado que el autobús era moderno, el aire acondicionado funcionaba, los asientos eran cómodos y bastante reclinables, no se sentó nadie delante de mí y que de las carreteras tailandesas no tengo queja, el viaje fue solamente aburrido.

Pero aún nos quedan muchos viajes en autobús y muchas más opiniones que compartir.

(Escrito por el en Bangkok, Tailandia, el domingo 18 de febrero de 2007)