20 febrero, 2007

Taman Negara

Ayer nos dimos un buen tute visitando Bangkok, así que hoy me apetece tomarme el día con calma, disfrutar de la piscina (últimamente viajamos en plan VIP, pero pronto se nos va a terminar la buena vida), y cumplir con mi primera resolución del año nuevo chino.

Con este texto cierro el capítulo de Malasia, por la que viajamos del 26 de enero al 8 de Febrero, visitando Melaka, Kuala Lumpur, Taman Negara, Penang y Langkawi.
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Poco os contaré de KL, puesto que José ya se hizo cargo de esa ingrata labor. Digo ingrata, porque mi relación con la capital fue de odio a primera vista. Afortunadamente, con el paso de las horas y a medida que iban cayendo la noche y las altas temperaturas, me fui relajando e incluso llegué a apreciar el encanto de una ciudad esquizofrénica.
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Me limitaré a daros tres consejillos de nada, por si algún día os animáis a pisar suelo malayo:

  1. Incluid Kuala Lumpur en vuestro itinerario, pues ninguna opinión se merece más crédito que la vuestra.

  2. Dedicadle un par de días, cuestión de visitar las torres Petronas sin prisas.

  3. Ofreceos un alojamiento de categoría medio-alta, alejada de los barrios chinos/indios, que os permita olvidar momentáneamente la mediocridad que es vivir en una ciudad ruidosa, sucia y caótica.

Amén de subir a las torres gemelas, lo mejor que hicimos en KL fue contratar una excursión para Taman Negara, el parque nacional más grande de Malasia, cuyos 4343 kilómetros cuadrados de superficie se extienden mayormente sobre el estado de Pahang. La excursión era de tres días y dos noches, con el primer y último día dedicados a desplazarnos. La verdad, un día más en el parque no hubiese sobrado.

Mientras en Dublín sonaban cientos y miles de despertadores, nuestra barca se abría camino por la jungla, remontando el río Tembeling. Así de sutil es la línea que separa el sentimiento de estrés del de libertad. Las sensaciones que vivimos durante esas dos horas y media de viaje fluvial no se nos olvidarán nunca.

Cómodamente sentados en el suelo, la cabeza reclinada sobre el respaldo de madera, los pies descalzos y asomados fuera de la barca para recibir las salpicaduras del agua, los ojos intermitentemente cerrados, alternando entre la relajación más total y la visión hechizante de un horizonte de vegetación, y en la mente, no más de tres palabras: ¡esto es vida!

Nuestro destino, Kuala Tahan, era un pueblo de cabañas de madera, con cuatro o cinco restaurantes flotantes. Nosotros estábamos alojados en la ribera opuesta, en la zona pobre de un lujoso resort.

No habíamos contratado bungaló, sino un dormitorio en teoría compartido con otras seis personas. Encontramos el ala de dormitorios frente a la zona de lavandería del resort y, para nuestra gran sorpresa, sólo la compartimos con las decenas de monos que pululaban por esa zona. Lo mejor del dormitorio: cerrar los ojos y quedarte dormido mientras escuchas concentrado la sinfonía nocturna de grillos, geckos y demás residentes de la jungla.

Como cualquier tour organizado, el nuestro estuvo repleto de actividades:


  1. Paseo nocturno por la jungla. Impresionante la capacidad de nuestro guía para divisar animalitos que incluso de día son difíciles de encontrar, como el escorpión o el insecto palo.


  2. Paseo matutino por la jungla. El sendero está perfectamente señalizado, con lo que este paseo puede hacerse por libre. Sin embargo, merece la pena tener guía para aprender sobre las propiedades y usos de las plantas.


  3. "Canopy Walkway". Un puente de 530 metros de longitud, construido con madera y cuerda, y suspendido a 40 metros de altitud. No sé qué temblaba más, si el puente o mis piernas.


  4. Rafting por los rápidos. Lo único rápido de la actividad fue su duración, pues la diversión se acabó justo cuando pensábamos que lo "bueno" estaba empezando. Y para que yo lo diga…


  5. Visita de un poblado "Orang Asli". Fue la parte más interesante de la excursión, aunque el sentimiento de intrusión me resultó violento. Me sentí algo avergonzada de formar parte de esa horda de turistas que, armados con cámaras, de pronto irrumpieron en la intimidad de sus vidas, rompiendo el ritmo de una tarde apacible.

De los Orang Asli, aprendimos muchas cosas, como su habilidad para producir fuego, sus técnicas de caza, sus costumbres, creencias y ritos funerarios.

No practican ningún tipo de religión organizada, ni veneran a un Dios, pero sí creen en los espíritus. Cuando un miembro de la tribu muere, consideran que un espíritu maligno le ha quitado la vida y, rápidamente, migran a otro lugar para evitar que otros corran la misma suerte. Antes de marcharse, colocan al difunto en lo alto de un árbol, de manera a facilitar la ascensión de su espíritu al cielo. Esta costumbre también tiene una finalidad práctica: darle al muerto una oportunidad de volver a la vida, de la que carecería si fuese enterrado o incinerado.

En cuanto a las técnicas de caza, consisten en disparar dardos envenenados con la ayuda de una caña de bambú de unos tres metros de longitud. Se nos dio la oportunidad de practicar, apuntando a unos peluches. El Junior, como si llevase toda la vida ejerciendo de hombre primitivo, cogió el arma, apuntó, sopló y zas, ¡premio! Bueno es saber que, de haber sido Orang Asli, esa noche se hubiese cenado pingüino en mi casa.


Si bien mi hombre para la caza tiene puntería, para el vestir no siempre da en diana de mis deseos. Menudas pintas las del Junior cuando se cambió para la excursión a los rápidos. De pronto me lo vi llegar con sus botazas de trekking, sus calcetas de la mili, su bañador, su camiseta, su bolsito gay y su infame "bunny hat" (lean nota aclarativa a pie de página): un sombrero militar de colores kaki, marrón y negro, usado por las fuerzas armadas americanas para camuflarse en la jungla (porque de todos es sabido que uno de los objetivos principales de las excursiones organizadas por la jungla, es volverse invisible para el guía y el resto de excursionistas, por obra de las virtudes miméticas de un sombrero).

Cuando el amor no es ciego, a veces tiene que cerrar los ojos. Y mira que yo lo intenté, haciendo de todo para desterrar de mi mente esa visión del Junior en su "honey butt" (vuelvan a la nota aclarativa), tratando de focalizar mi atención sobre otras cosas: Isa, concéntrate, admira la vegetación, no dejes de mirar al río, fíjate en los rápidos, en la barca, en el guía… hasta que llegó él y, con una sola frase, echó por el suelo mis esfuerzos y vanas esperanzas de olvido:

"Isa, ¿me haces una foto?".


Nota aclarativa: ya sé que es "bonnie hat", pero la gracia está en vacilar al Junior.


(Escrito por ella desde Bangkok, Tailandia, 20/02/07)