07 febrero, 2007

Poniéndome al día (I)

A mi izquierda un grupo de jóvenes novicios budistas sonreía afablemente y me miraba con curiosidad. A mi derecha, varios travestís indios apoyados en un coche a la espera de algún cliente me miraban calculando una tarifa. Detrás de mí, apoyadas en la pared, dos enormes mochilas de 80 litros y otras dos más pequeñas de 10 confiaban en mi habilidad para protegerlas a ellas y su contenido de cualquier amenaza real o imaginaria a la que tuvieran que enfrentarse. El taxista había cogido sus ocho “ringgits” y en vista de que no nos interesaba el sitio “bueno, bonito y barato” que nos había mencionado durante el trayecto desde el puerto, se había marchado. Isabel había ido a comprobar el precio y las condiciones de habitabilidad de las habitaciones en un hostal cercano. De noche, recién descendidos del ferri que nos había trasladado a Palau Penang, en medio de un callejón con el ominoso (a la vista de lo que tenía a mi derecha) nombre de Love Lane sólo quería pensar en que de una vez por todas tenía que actualizar el blog.

Así que cuando el calor aprieta afuera y antes de una temprana cena, me pongo manos a la obra…que, probablemente, deje a medias porque Isabel se queja de que en todo el día sólo ha comido cinco rollitos de primavera y dos pasteles indios a medias conmigo. Me mata. Y su madre también. En fin, a las ocho de la mañana cogeremos el ferri para Palau Langkawi y quiero dejar terminado lo de Singapur por lo menos.

En Singapur aterrizamos el lunes de tarde y apenas vimos nada ese día porque para cuando llegamos a nuestro alojamiento, “The Hive Backpackers Hostel”, ya era de noche y todo estaba cerrado (menos, como descubrimos poco después, los puestos de comida y el centro comercial Mustafá, que abre las 24 horas). Sin embargo, una vez desparramado el contenido de nuestras mochilas en la habitación que iba a ser nuestro cobijo del calor (al ingeniero que inventó el aire acondicionado deberían darle, si no lo han hecho ya, el Nobel por lo mucho que ha beneficiado a la Humanidad en general y a los residentes en Asia en particular) decidimos dar una vuelta por las inmediaciones para explorar el vecindario. Descubrimos así que nos encontrábamos en una zona llamada Little India pero que no era exclusiva de esa raza pues también nos encontramos con comercios, calles y habitantes chinos.

Ésa es precisamente una de las cosas que llaman la atención en Singapur, la diversidad de razas que pasean por la calle, unas veces con atuendos occidentales pero muchas más con el traje típico de su etnia. Saris, turbantes, sarongs, vaqueros, faldas de escándalo, pañuelos que tapan pelo y cuello, todos conviven en aparente harmonía en un país en el que sería un tremendo escándalo e impensable una discriminación por razones de raza. Por cierto que según Isa yo estoy adelgazando por el calor, la comida sana y el ejercicio (pasear varias horas al día bajo un sol de justicia) pero, según los sastres de Singapur, yo ya no puedo vestirme en grandes almacenes porque no hacían más que gesticular y animarme a entrar en sus establecimientos con el objetivo de que me hiciera un traje a medida. Lo cual, de necesitarlo para el trabajo y de poder enviarlo a Europa, no sería una tontería, porque tienen unos precios y una calidad que dejan en ridículo las mejores ofertas de El Corte Inglés.

Una cosa que olvidé comentar del MRT es que en las pantallas de las estaciones y andenes, además de los típicos vídeos sobre ceder el asiento a ancianas y demás, también emitían advertencias sobre como reaccionar ante paquetes y actitudes sospechosas. Aparecían imágenes de los tres últimos atentados terroristas que han tenido como objetivo ensañarse con civiles que viajaban en transportes públicos: las bombas de Madrid, las de Londres y las más recientes en India. Insisten mucho en la seguridad, en que no ocurra aquí, y es que no se puede bajar la guardia ni un solo momento, ni en Europa ni en Singapur.

De sus calles impolutas, vibrantes centros comerciales e imponentes rascacielos ya he hablado en un anterior post. Ahora le toca el turno a lo que hicimos, como cualquier “singapurense” que se precie: visitar Sentosa. Es ésta una isla unida a la ciudad-estado-isla principal por un servicio de ferri, de autobús, de teleférico (el sistema que utilizamos nosotros) y de monorraíl. ¿A qué se va de una isla a otra? Bueno, Sentosa es un gigantesco parque temático, con un acuario, varias playas, varios museos, restaurantes de todo tipo, un zoo, atracciones interactivas…no, no es como Port Aventura en estilo asiático, no me hagáis esa comparación.

El principal objetivo para mí en esa isla era lo que la publicidad del acuario alegremente llamaba “Dive with Sharks” y que yo me imaginaba de una manera menos agresiva. Se trataba, en resumen, de media hora de inmersión en un tanque rodeado de habitantes, pacíficos, de las profundidades. Intenté convencer a Isa de que participara de esa experiencia pero pretextando una extraña alergia a la despresurización súbita, se excusó de esa actividad. Cuando llegamos al acuario descubrimos que las instalaciones contaban con una especie de pasillo submarino de cristal de unos 30 metros de largo, en el cual los visitantes paseaban a escasos centímetros de los animales, vivos, que en ellos tenían su hábitat.
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Desde allí Isa podría fotografiarme pues, para mi sorpresa, todo el mundo podría ver como me desenvolvía en el interior del tanque. Antes de eso hubo el pequeño trámite de rellenar un par de documentos, uno en el que constaba mi condición médica y física (“pon a todo que no” me dijo tranquilizadoramente el monitor que me iba a acompañar “o si no, no podrás sumergirte”) y otro, algo más formal, en el que eximía al Acuario de responsabilidad por cualquier lesión, herida, accidente leve o mortal que yo pudiera sufrir.

El monitor me da un traje de neopreno, unos escarpines, me pone el chaleco, las pesas, la bombona, me enseña como controlar el regulador de oxígeno y, caminando torpemente bajo aquellos kilos de artefactos nada familiares para mí, me acompaña al tanque, a una zona de pre entrada donde me da los últimos consejos. Yo aún no me he puesto la máscara y estoy nervioso ante mi primera experiencia “seria” de submarinismo. He pasado de bucear con mi tubito en las frías playas del cantábrico a convertirme brevemente en una atracción turística en Singapur.

Lo básico es que me tranquilice y respire con normalidad pero con las gafas puestas, la boquilla de oxígeno en la boca y mi cabeza ya bajo la superficie, eso es más fácil de decir que de hacer. Le hago la señal con las manos de que todo está ok y caminamos un par de metros hasta encontrar una escalera que baja al recreado fondo marino. Mi respiración atruena en mis oídos, las burbujas suben cuando exhalo, las gafas me aprietan y no entra agua por ellas, lo cual era uno de mis temores. El monitor me vigila atentamente y seguirá haciéndolo hasta que al cabo de un rato me vea desenvolverme con soltura. Pero ese rato está plagado de problemas con los pesos que deberían mantenerme en el fondo pero sólo consiguen que me doble hacia atrás y parezca que quiero tumbarme a descansar. Miro a mi derecha y a través del cristal veo a Isa y a un montón de turistas señalando con la mano y haciendo fotos. Haciendo acopio de valor me giro hacia ellos y saludo para ser inmortalizado en cámaras propiedad de japoneses, chinos, hindúes y una guapa española.
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A partir de ese momento, el tiempo pasó volando, me tranquilicé (por fin) y pude disfrutar de mi primera experiencia como submarinista (Sergi, objetivo para Tailandia es sacarme el PADI). Acaricié una raya, varios tipos de peces e incluso un tiburón… pacífico, vegetariano y bastante tranquilito, afortunadamente. Cuando llegó el momento de subir los dos metros (creedme, parecían más) que me separaban de un mundo en que no tenía que medir al milímetro mis movimientos, que la respiración no se producía de manera artificial a través de un trozo de plástico que tenía que apretar con firmeza dentro de la boca, para entonces estaba mucho más suelto y realmente lamenté que la experiencia hubiera terminado.

Con el pecho dolorido por la respiración forzada, las manos algo frías por la temperatura del agua, un sabor a plástico en la boca, el rostro hinchado y una enorme sonrisa en el rostro, salí del tanque.

Es casi media noche en Palau Penang y mañana madrugamos, así que con este agridulce sabor de una estimulante experiencia que quiero repetir, me voy a acostar ya.


(Escrito por él en Palau Penang, Malasia, el 5 de febrero de 2007)