28 febrero, 2007

Últimos días en Malasia

Afuera lucía el sol y la temperatura era agradable. Dentro del barco, el aire acondicionado hubiera hecho estornudar a un pingüino. Pero sólo si el pobre animal hubiera conseguido sobrevivir al tremendo ruido que nos acompañó durante todo el viaje desde Georgetown, no cesando hasta que por fin atracamos en el puerto de Langkawi.
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Estamos tan al Norte de Malasia que esto casi es Tailandia. Como en cualquier isla que se precie, todo es más caro que en el continente (internet se dispara a 5 RM la hora, casi el doble que en Malacca o Kuala Lumpur), el cambio es peor, en las playas florecen los biquinis y el pescado es delicioso. Nos instalamos en Cenang donde disfrutamos, si no para nosotros sí con muy pocos bañistas y adoradores del sol, de 2 km de playa con una arena tan fina que parecía harina. El primer día nos lo tomamos con tranquilidad, alternando el tumbarse en la arena con los baños en el cálido mar (contrariamente a lo que ocurre en otras islas tropicales donde por mucho que camines no consigues que el agua suba de la cintura, aquí, afortunadamente a 100 m de la orilla ya cubre hasta el cuello y se puede nadar) y lo finalizamos con una cena en la playa, a pocos metros de donde unas mansas olas se quebraban sin violencia alguna.

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Entre las bebidas de la carta no se encontraba la cerveza, algo que se podía relacionar con que todas las empleadas ocultaran su pelo y cuello bajo un pañuelo, conforme a la costumbre musulmana. Cuando pregunto, el dueño me anima a que me compre una en el supermercado y me la traiga a la mesa, que eso no es ningún problema. Lo hago en el segundo establecimiento en el que entro (el primero también es musulmán y tampoco tienen alcohol a la venta) donde me compro una lata de 500 ml de Heineken por 4 RM, menos de un euro. Es lo que tiene la cerveza importada, un precio prohibitivo.
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Al día siguiente decidimos alquilar un ciclomotor para recorrer la isla. La decisión de quien conduciría no fue fácil pues ambos queríamos que lo hiciera el otro. Para solventar el empate técnico se recurrió, como en las oposiciones y los fallos de los concursos, al apartado de méritos. Yo aduje que, mientras no tengo inconveniente y hasta me gusta conducir coches, sólo había estado a los mandos de un ciclomotor en una ocasión, durante menos de tres minutos, cuando corría el año 92 y yo casi corro en dirección a un coche (obviamente la dueña de la vespino decidió que un susto era bastante y quedé relegado a mero acompañante, pero así eran de sorprendentes los locos años noventa, con una Expo al calor de Sevilla, Juegos Olímpicos en Barcelona, financiados por Madrid, y mujeres que toman decisiones).
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Isa adujo que la única vez que condujo un ciclomotor se cayó del mismo, así que acabó ganando ella y fue mi nombre el que figuró como conductor del que alquilamos en Cenang.
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La verdad es que nos lo pasamos genial y conforme hacíamos kilómetros aumentaban mi destreza y mi confianza en mis dotes al volante o más bien al manillar. Ante nosotros se ofrecían extensiones de campo cuyo único cultivo es el arroz. Búfalos de agua refrescándose del tremendo calor gracias a la inmersión casi completa en charcas. Hileras de altas palmeras bordeando los arrozales. ¿Vietnam? No, Malasia, Pulau Langkawi.
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Las carreteras resultan ser estupendas y con un tráfico más ordenado, nada que ver con el caos que vimos en Georgetown. Con 10 RM llenamos el depósito de nuestra moto (a 1.92 RM el litro de gasolina, eso es menos de 50 céntimos) y tenemos 500 Km2 que descubrir por delante. Observo que muchos de los motoristas con los que nos cruzamos conducen con la chaqueta puesta del revés, con la parte de la espalda por delante, al estilo de aquellos protectores que se veían en las motos de España hasta entrados los años 70, abiertos por detrás.

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La primera parada la hacemos para subir a "Seven Wells", un conjunto de cascada y pozas que se pueden recorrer deslizándose entre una y otra. Para llegar a ellas se sube una escalera con la friolera de 648 escalones. Lo de "friolera" obviamente no es literal porque tras los primeros diez pasos ya estamos ambos sudando. Pero llegar arriba merece la pena y uno se perdería en la jungla encantado. De hecho, eso es lo que hace Isa. Después de un rato, bajo a donde está aparcada la moto y, mientras la espero, me hacen compañía un grupo de monos perfectamente acostumbrados a la presencia humana.
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Recuperada la novia y dado que se nos echa el tiempo encima, nos vamos a buscar el punto más alto de la isla, pero no podemos hacerlo sin volver a pararnos en un pueblecito de pescadores y sin que Isa, llevada por su pasión por hablar con los nativos, vuelva a desaparecer una vez más.

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Cuando encontramos el pico en cuestión, después de una laboriosa subida digna de un puerto de montaña, nos encontramos que unas instalaciones aparentemente de seguimiento de satélites obstruyen la vista. Por doquier se multiplican los carteles de advertencia "Alto", "Prohibido el paso", "Sólo personal autorizado", "Solicite identificación en el puesto de control". No hay barrera que no se franquee con un poco de voluntad, buena suerte y valor. Y, en este caso, por ser del Real Madrid. Efectivamente, uno de los guardias de seguridad es seguidor de ese equipo y después de una charla sobre el gordo Ronaldo, el Beckham que se nos va y cómo buenos jugadores en el Farsa resultan ser mediocres en el Madrid, nos encontramos sonrientemente invitados a subir a la terraza, el único punto exterior desde el que se atisba algo de la isla (aunque no mucho).
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Ha anochecido cuando comenzamos a descender y entonces compruebo, entre divertido y asustado, que las luces en los vehículos sirven sólo para avisar a los que vienen de frente, no para iluminar (y, por otro lado, no hago más que parpadear rápidamente para evitar que algún mosquito me ciegue temporalmente).
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Tras devolver la moto y volver al motel, compruebo que he cogido color (rojo), a parches, donde el sol me ha dado mientras conducía la moto. Donde es más evidente es en los pies, pues cuando me quito las sandalias parece que sigo con ellas puestas, pero de color blanco. A la mañana siguiente vamos a abandonar Langkawi y Malasia para ir a Koh Lipe y Tailandia, pero esa noche no dormiré mucho. Los chinos de la 107 resultan ser unos ruidosos de mucho cuidado. Hablan en voz alta y tienen la televisión a un volumen acorde hasta la una de la mañana, que salen.
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A las cuatro de la mañana nos despiertan al volver a su habitación y vuelven a hacer lo mismo, hasta que nosotros golpeamos la pared (casi de cartón) y los de la habitación del otro lado, la 106, les dan también la bienvenida. Yo estoy desvelado y pese al madrugón que nos espera no consigo conciliar el sueño, así que salgo a dar un paseo por la playa y allí descubro a cuatro medusas muertas. Esas frágiles criaturas se quedaron varadas en la arena al bajar la marea y el agua se retiró llevándose con ella su belleza. Ahora son poco menos que masas gelatinosas que serán devoradas por los pájaros cuando amanezca.
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El amanecer me sorprende a mí leyendo un libro tranquilamente ("Message in a bottle", de la que Kevin Costner hizo una película bastante mejor que el libro) mientras desde varias mezquitas de las inmediaciones, el sonido hipnótico de los muecines llama a los fieles a la oración.
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Cuando suena la alarma del móvil anunciando que hace tres horas que llegaron los chinos y que es hora de levantarse, vuelvo a la habitación para despertar a Isa. Apoyo mi móvil en la pared que compartimos con la 107 y programo la alarma, con vibración, para que suene dentro de 10 minutos. Suena y al cabo de un rato la detengo pero no la apago, porque aún no abandonamos la 108, y así volverá a sonar a los 10 minutos…


(Escrito por el desde Kanchanaburi, Tailandia, el 23 de febrero de 2007)