28 febrero, 2007

Palau Penang: nada que declarar

Después de KL y tras Taman Negara, continuamos nuestro viaje hacia el Norte en dirección a la frontera con Tailandia, que aún no sabíamos por dónde íbamos a cruzar. Sí sabíamos por dónde no íbamos a cruzar, por el Sureste, pues las provincias tailandesas de ese lado del país son objeto frecuente de ataques terroristas musulmanes.
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Decidimos irnos a una isla, Penang (el nombre completo es Palau Penang, pero Palau significa isla en malayo, como Koh lo es en tailandés), para, ya que íbamos a pasar calor, al menos tener la opción de disiparlo dentro del agua. En realidad lo anterior era secundario, es para quedar bien. El verdadero objetivo era hacer un viaje corto en ferri desde B´worth (Butterworth), la principal ciudad peninsular de ese estado hasta Georgetown, la principal ciudad de la isla y pasar al lado del puente que une ciudad y continente. Sus 13 Km de longitud lo convierten en un hito arquitectónico y en uno de los más largos del mundo.
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Cuando dije "corto" no me imaginaba que lo iba a ser tanto. En menos de 10 minutos (el tiempo justo para tomarse unas mini pizzas y unos riquísimos y dulces bollos de “kaya”) nos dejó en el embarcadero a nosotros y a la veintena de coches que viajaban en la planta inferior del barco.
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Antes de dar nuestra opinión de la isla he de advertir que, al contrario de lo que haríamos después en Langkawi, no salimos de Georgetown y no le dedicamos tiempo a explorar el resto de la zona. Tal vez eso influyó en nuestra opinión y es cierto que no cometimos el mismo error en nuestro siguiente destino.
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Nos las vemos y nos las deseamos para encontrar algo que fotografiar. Damos vueltas por la ciudad y el barrio indio y Chinatown son iguales que en cualquier otra pequeña ciudad asiática. Además, el calor es horrible, especialmente en nuestra habitación del 54 Love Lane Inn, un hostal regentado por Rafael Alberti. Nos ofrece un tour por la isla en coche particular con guía pero lo rechazamos, porque no creemos que nos quedemos allí suficiente tiempo (conocimos a una pareja holandesa que sí lo hicieron y que les gustó y nos dijeron que el viaje se hace en el coche particular del dueño del hostal y que él es el propio guía). Un inglés afincado en Ibiza desde hace años y que en temporada baja viaja por el mundo ("por países baratos" según sus descriptivas palabras) me comentó dos destinos que deberíamos visitar: Palau Langkawi, con kilómetros de playas e ideal para recorrer en scooter, y Koh Lipeh, una isla tailandesa que se puede descubrir cómodamente a pie y que, pese a que se está desarrollando, aún no está demasiado castigada por el turismo. Cuando decidimos irnos a probar suerte en Langkawi, nos cuesta 8 Rm el viaje en taxi desde la pensión hasta el puerto pero, como compartimos el vehículo con otra pareja que hará el mismo recorrido, nos devuelven la mitad del dinero, es decir, 3 RM (no, no he restado mal, son las cuentas curiosas que nos hacen en recepción). A la mañana siguiente quién conduce es el propio Rafael Alberti y el taxi es su coche. Otra cosa no, pero ingeniosos para conseguir dinero sí que son, ¿por qué meternos a los cuatro en un taxi sin ganancia alguna cuando lo puede hacer el mismo y llevarse 10 RM?
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No todo es negativo en Georgetown. Descubrimos el Stardust, un hostal con restaurante que unánimemente decidimos calificar como "el sitio en el que nos hubiera gustado estar alojados" y nos convertimos en encantados degustadores habituales de las maravillas culinarias de su sencilla cocina. Además, está regentado por Kelvin y, la primera vez que lo vimos, cuando trajo la carta a nuestra mesa, Isa y yo nos miramos y al unísono le adjudicamos el parentesco con un amigo. "Jaime", dijimos sin pensarlo mucho. Efectivamente, Ferrán, tu papá tiene un hermano gemelo en una isla malaya al sur del Mar de Andamán. Y es que, además, el tío camina con la misma parsimonia y tiene el mismo estilo que su "otro yo" afincado en Asturias. Dile a mamá, María, que intente averiguar si esta coincidencia tiene alguna explicación.
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Paseando llegamos hasta Fort Cornwallis, pero fijaos qué inapetente estaba yo que ni siquiera insistí en entrar y me contenté con tomar algunas fotografías del exterior. Donde sí entramos y también tomamos solamente fotografías del exterior (no estaban permitidas en el interior y la Montserrat Caballé que nos sirvió de animada guía insistía en que el grupo permaneciera junto en todo momento y no hubo ocasión de rezagarse: se las sabia todas la china esa) fue en la conocida como la mansión azul, una de las casas de un poderoso y rico emigrante chino, Cheong Fatt Tze, que, partiendo de la nada y la humildad más absoluta llegó a amasar una considerable fortuna económica y un gran prestigio social, siendo comparado con Rockefeller con ocasión de una visita a Nueva York en los años 30. De hecho, a su muerte las banderas británicas y holandesas de esta parte del mundo ondearon a media asta, tal fue su influencia política y económica en las colonias.
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Fue precisamente a la salida de esta visita cuando un señor aparentemente indio que se ganaba la vida con su “trickshaw” (vehículo a pedales en que los pasajeros van sentados paralelamente en la parte delantera y el conductor se sitúa tras ellos) nos ofreció sus servicios para una visita guiada de una hora por la ciudad, a cambio de una tarifa bastante razonable de 30 RM. Aceptamos porque Isa tenía ganas de recorrer la ciudad en ese medio de transporte y porque, de la manera que pegaba el sol, poder estar a cubierto y disfrutar de la brisa eran opciones más que deseadas.

Nuestro amigo se paró en un puesto hindú y nos ofreció dos dulces que probamos y resultaron ser exquisitos (aunque el tío, sospechosamente, no se sabía el nombre de los mismos), Luego nos llevó a visitar una mansión china en la que no se hacían visitas guiadas salvo previo acuerdo y no sólo nos convenció a nosotros de que entráramos a verla sino que, además, consiguió que, a regañadientes, uno de los guías nos hiciera un recorrido por la casa. Admitámoslo, el guía se pasó más tiempo callado que hablando y no parecía estar muy contento de aquella repentina obligación impuesta, pero nuestro conductor de trickshaw ya se había ganado nuestra simpatía con esa obra.

Dos visitas más nos esperaban aún, la primera a un templo hindú y la segunda a un poblado de pescadores. Si os imagináis Luanco o Cudillero no podéis estar más desencaminados. Casas de madera elevadas sobre el mar, estrechos pasillos de tablones de madera, olor a mar, a pescado, a suciedad también. Un microcosmos de pobreza, por lo menos a mis ojos. A sólo pocos metros, devorados por su imparable crecimiento, de una de las carreteras principales de Georgetown. Nada que ver con el moderno puerto en el que atracan los barcos que trasladan a nativos y foráneos. Un extraño espectáculo para ojos occidentales que, tal vez equivocadamente, podrían estar viendo miseria donde sólo hay humildad. Aunque no lo creo.

Después de esto, nuestro enrollado guía nos lleva de vuelta al hostal y cuando iba a pagarle 35, porque queríamos incluir una pequeña propina, nos dice que no son 30 sino 60, porque hemos estado dos horas. Para demostrarlo saca un reloj y nos enseña la hora. Yo no dudo de que hayan pasado dos horas (pero por si acaso compruebo en mi cámara cuando hice la última foto en la mansión azul y cuando he hecho la última foto del poblado de pescadores). Nos quejamos de que no sólo no nos avisó de que había pasado el tiempo, sino de que además nos animaba a entrar en sitios… y el reloj seguía haciendo tic tac mientras él esperaba afuera. Estoy enfadado y no me parece justo. Aún así le doy 40 RM porque hasta ese momento el tío nos había dado un buen viaje.

Lástima que ahora nos quede un sabor amargo y tengamos que advertiros de que tengáis cuidado, incluso cuando fijáis el precio por adelantado. Nosotros esperamos no volver a cometer ese error.

(Escrito por él en Kanchanaburi, Tailandia, el 22 de Febrero de 2007)