19 febrero, 2007

Poniéndome al día (III): Kuala Lumpur

De KL (como la llaman abreviadamente los lugareños) no estábamos muy seguros de qué podíamos esperar. Singapur había dejado el listón muy alto como ciudad, superando a muchas occidentales, aunque cuando miro los países que nos quedan por recorrer se confirma mi impresión de que este viaje no es sólo en círculos, abarcando un continente, sino también en línea temporal inversa, desde el siglo XXI vamos a ir retrocediendo en el tiempo: las carreteras serán senderos; los autobuses, camiones; los cuartos de baño, agujeros en el suelo; las hormigas en la habitación se convertirán en cucarachas; la suciedad en las calles crecerá conforme cambiemos de países. Ante nuestros ojos se abrirá la bella y atrasada, la salvaje y exótica, la verdadera y milenaria Asia, y será mucho antes de llegar a India y China.
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De Malacca salimos desde su moderna estación de autobuses para líneas de largo recorrido, y ni en función de sus servicios ni de su arquitectura tiene nada que envidiar a ninguna europea. Se diferencia, eso sí, en que tiene una zona de oración específica para musulmanes, no multiconfesional. Con la compañía "Transnational" pagamos 19,50 RM por nuestros dos billetes. El autobús, moderno y con aire acondicionado que funcionaba, iba lleno al 80% principalmente con viajeros de etnia china. Tenía un curioso sistema de altavoces en el que era imposible que los delanteros y los laterales funcionaran al mismo tiempo: se turnaban para emitir música.
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Desconozco dónde se habría sacado el carnet el conductor, pero estoy convencido de que las lecciones prácticas las hizo con Dublín Bus, a juzgar por su forma de frenar. Afortunadamente, los asientos (de los que sólo había tres en cada fila, uno individual al lado izquierdo, a continuación el pasillo y después, los otros dos) eran cómodos y perfectamente reclinables, con lo que las dos horas de viaje no fueron nada molestas.
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Cuando llegamos a KL, el autobús no nos deja en la estación sino que se detiene en plena Jalan Puduraya, unos metros antes de la rampa de bajada a los andenes subterráneos, y ésa parece ser una práctica común en otras empresas, y luego, vacío ya, baja a la estación. Nos rodea un caos de vehículos y ruido, mucho ruido. Esquivando a docenas de taxistas que nos ofrecen sus servicios, buscamos respiro en la acera para consultar nuestro destino. Según habíamos visto en la Lonely, el Hostal "Pudu" estaba justo frente a la estación y era barato y bueno. Nos asaltan dos jóvenes que nos ofrecen alojamiento, cada uno en un sitio distinto y uno de ellos en el que estábamos decididos a probar suerte. Isa y yo hablamos en español sopesando ambas opciones, mientras ellos charlan sonriendo y luego descubro porqué. Nos atenemos a nuestra decisión original y uno de ellos nos acompaña, mientras el otro nos dice que si no nos gusta el Pudu nos vayamos luego al suyo, como segunda opción, que está allí al lado (al día siguiente pasamos por delante y resulta que "allí al lado" son diez minutos de paseo y el estado de la fachada es pésimo).
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Nuestra primera impresión de la ciudad, alrededor de nuestro hostal, en Puduraya, en Masjid Jamek, Dataran Merdaka, es que esta ciudad es un "quiero y no puedo". Parece que intenta huir de los estigmas de una urbe asiática sin perder su espíritu mientras se moderniza, pero aún se parece más a lo que uno se imagina como es Delhi o Calcuta que lo que ha visto en Singapur. Tal vez sea que hemos llegado demasiado pronto. Nos cuesta encontrar motivos que fotografiar, estamos cerca de Chinatown y rodeados de calles de hindúes, tal vez sea por eso. Salimos del paso con perspectivas de monorraíles y rascacielos. Veremos en la zona de las Petronas. Aquí nos quedamos con calles sucias, gente fumando, polución y ruido, mucho ruido. Caos, caos, caos.
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La primera impresión del Pudu, su recepción, fue buena. Sofás amplios, gente viendo una película en una pantalla gigante, varias mesas donde se sirven desayunos, comidas y cenas, todo está limpio y recogido. Sin embargo, resulta ser un edificio práctico y sin encanto, con varios pisos de filas de habitaciones en corredores, al principio los baños y duchas. Allí tendré mi primera experiencia "light" con un baño a lo asiático, es decir, con manguera para limpiarse aunque por ser un hostal para turistas extranjeros, acostumbrados a otras comodidades y prácticas, se han instalado tazas en los baños y también hay papel (que nunca se debe tirar por el desagüe).
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Dormir se presenta como una actividad complicada por varias circunstancias. Entre el cubre colchón y el somier hay una funda de plástico con lo que prevemos chorros de sudor por la espalda, ya que además el aire acondicionado es un mini chorro testimonial justo encima de la puerta y a suficiente distancia de las dos camas como para resultar prácticamente inútil. Por lo menos tenemos ventana y estamos al lado de los baños (lo cual es también un inconveniente porque todo el que tenga una urgencia, a cualquier hora, pasará por delante de nuestra puerta, y con lo ligero que tengo yo el sueño…). Vistas las fachadas de otros sitios, esto es de lujo.
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Isa se ha adjudicado rápidamente la cama que no está al pie de la ventana, así que a mí me toca el ruido. No hay armarios y ésa parece la tónica habitual desde que hemos llegado a Asia. En Singapur había una cómoda larga con cuatro cajones. En Malacca, un cajón en un escritorio/tocador de tamaño infantil. Aquí no ha crecido aún.
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En nuestra habitación ninguno de los tres enchufes funciona. La batería del portátil tiene para ocho horas, lo que no es problema pero ¿y las cámaras?. En recepción dicen que pasa en muchas habitaciones, porque los huéspedes trastean con ellos y los estropean. Si quieren que carguemos algo, se lo llevamos y ellos lo enchufan al otro lado del mostrador.
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En Malacca la hora de Internet nos costaba 1 RM, en el mismo edificio en que nos alojamos hay un Ciber del mismo dueño en el que cuesta 3 RM la hora de Internet, por ser huéspedes (si no, serían 4). Son ya precios de capital. En recepción veo que ofrecen información sobre viajes a Taman Negara, el Parque Natural por antonomasia de Malasia (anda, ¡una rima!), así que lo discutimos y ya tenemos nuestro siguiente destino (y, además, el tiempo que le vamos a dedicar a Kuala Lumpur: la tarde del lunes en que llegamos, el martes completo, la tarde del día que volvamos de Taman Negara y la mañana siguiente: dos días y medio, que van a resultar más que suficientes).
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La mañana siguiente, martes ya, nos dedicamos al cambio de dinero (1 euro = 4.48 RM) y las compras, dos camisas de manga larga en preparación de las caminatas por una jungla que se prevé atestada de mosquitos. No encuentro nada de mi talla, la "M" me viene enana, algo llamado "L-72", también. Si los asiáticos son más bajitos y menos corpulentos es obvio que eso también se tenía que reflejar en las tallas. En la sección de lo que parece ser ropa de trabajo encuentro una camisa azul (¡cómo no!) con un "AMANO" bordado en hilo dorado sobre el bolsillo izquierdo del pecho. La talla y las instrucciones de lavado y mantenimiento están en chino. La que más me gustaba, de conductor de autobús del "Nippon Express" dejaba el puño de la camisa a la altura de mi codo. Isa encuentra una camisa que no sólo le queda bien y le favorece, sino que además hace juego con sus pantalones "de paracaidista" (yo los llamo así por la cantidad de bolsillos, tiras y cierres que tienen). Pagamos los RM 5 que nos cuesta cada camisa y con 2 eur osmenos en el bolsillo, volvemos al hostal y cambiamos de habitación, a una con cama doble que ya no da a la parte de atrás del hostal, sino a la fachada principal de la estación de autobuses de Puduraya y sobre Jalan Puduraya (Calle Puduraya). Ahora sí que vamos a saber lo que es el ruido.
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Buena noticia: aquí los enchufes sí funcionan. Aparentemente, ningún inquilino ha trasteado con la toma de tierra de los enchufes para meter una clavija de 2 puntas redondas europea en un tres puntas rectangulares y verticales malayo. El portátil ("Federico") y las cámaras baten palmas de alegría.
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Pasamos la tarde buscando las Petronas. Dado que son enormes y se ven desde casi cualquier parte de KL parece una tarea fácil. Sin embargo, no es así. En cualquier parte la distancia más corta entre dos puntos es la línea recta, pero aquí han decidido que eso es demasiado fácil, así que resulta prácticamente imposible llegar a un punto que tienes justo enfrente (como es el caso, de camino a las Petronas, de la altísima torre de televisión). O bien hay un paso elevado, o una carretera que no se puede cruzar, o está cerrado el acceso a peatones, o el tren pasa justo delante… el caso es que en Kuala Lumpur la única manera de llegar a un sitio es dando un rodeo.
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Nos acercamos al distrito financiero y la perspectiva cambia. Rascacielos en construcción, gente mejor vestida, incluso el tráfico parece más ordenado. Vemos la parte superior de las Petronas y, obviamente, descubrimos que tenemos que dar un rodeo para llegar a ellas. La tarde se ha ido disolviendo lentamente y, para cuando llegamos a una distancia que nos permite fotografiarlas en toda su magnitud, ya las envuelve el manto de la noche. Pero ellas refulgen como adornadas con diamantes. La vista es espectacular.
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Enfrente de las torres, ubicadas en el KLCC (Kuala Lumpur Convention Centre) se ha construido un bonito parque y, bajo ellas, como no podía ser menos en un país que se precia de su rápido avance tecnológico y crecimiento económico, un gran centro comercial, aunque la mitad de sus seis plantas son subterráneas para no quitarle protagonismo a las torres. Esto ya no parece subdesarrollo y polución, las vistas desde el parque son edificios modernos y rascacielos por todos lados, como en un pequeño Central Park.
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Descubrimos un lago con una cortina de agua que cae desde una elevación y que se puede pasar por detrás de la misma. Lo hago. Descubrimos también que eso no está permitido en cuanto oímos el fastidioso silbato de un guardia. Nos dirigimos hacia él para excusarnos ("que no me corten la mano, que no me corten la mano") y nos despide con gesto de pocos amigos y un explícito "Go! Go! Go!".

Nos queda pendiente subir a las Petronas o, más precisamente, a esa característica arquitectónica suya que es el "Skybridge", el pasillo que une ambas torres a una altura de 170 m sobre el suelo (bastante lejos de los casi 452 m de altura de cada torre), en los pisos 41 y 42 (como los autobuses de dos pisos, este puente también lo es). Eso será cuando volvamos de Taman Negara, pero me tomo la licencia de contarlo ahora, pues para eso soy yo el que decide cuando hablo de qué ¿verdad?

La visita es gratuita pero se dan un número limitado de pases al día, 1200, así que es conveniente llegar temprano, a eso de las ocho y media, para que el grupo que te corresponda no sea uno demasiado tardío (aunque con el centro comercial al lado seguro que se os ocurre como entretener la espera). Como allí mismo hay una estación de tren LRT, nosotros caminamos los 10 minutos que separaban el hostal de la más cercana y nos fuimos cómodamente hasta allí. Cuando llegamos ya había unas doscientas personas haciendo cola ante la aún cerrada oficina y varios centenares más fueron llegando. Europeos blancos, hindúes, chinos, japoneses, malayos… un crisol de razas provisto de paciencia para esperar a conseguir su ticket.

Eva, hemos visto a tu hermana gemela en esa cola. Obviamente es hindú, algo más bajita que tú pero con los mismos ojazos enormes y el pelo también negro como ala de cuervo (y antes de que Isa me de una colleja, con algo más de pecho… ¡ay!).
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A nosotros nos tocó en el grupo de las 09.30, y nos dieron un pase de color rojo para identificarnos. Con el ticket accedimos a una pequeña sala de exposiciones en la que se mostraban datos y cifras sobre la construcción de los edificios (como que la planta de los mismos representa los cinco pilares del Islam) y un curioso sensor que medía tu estatura y decía cuántas veces equivalían las torres a la misma (hay 263 veces mi altura y 281 Isas, me recuerda ella). Después, para crear más expectación, te llaman… para que pases a una sala en la que se proyecta un documental sobre cómo se fueron construyendo. Cuando por fin llega la hora, unas 16 personas nos apelotonamos en un ascensor que tarda 41 segundos en llevarnos al piso 41, ¿adivináis a qué velocidad íbamos?
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El Skybridge tiene básicamente tres usos:

  • En caso de emergencia en una de las torres, para ayudar a la evacuación a la otra torre
  • Como atajo si se necesita ir a la otra torre, para no bajar 88 pisos, ir a otro ascensor y subir otra vez…
  • Para enseñar a los turistas lo moderna que se ve Kuala Lumpur desde lo alto, sin contaminación, caos, ni ruido.


Como ya he comentado antes, hay un número limitado de visitas diarias así que podéis permanecer en el Skybridge unos 10 minutos haciendo fotografías antes de que los guías introduzcan al siguiente grupo. Aprovechadlos.

Antes de que se me olvide, ¿sabéis porqué sonreían y se llevaban tan bien los dos que nos ofrecían alojamientos distintos cuando llegamos a KL? Al segundo, del otro sitio, lo volvimos a ver…en el Pudu, con un manojo de folletos en la mano. Aparentemente ambos hostales son del mismo dueño así que, elijas lo que elijas, tu dinero siempre va al mismo bolsillo.


(Escrito por él en Koh Lipeh, Tailandia, el jueves 15 de febrero de 2007)