19 febrero, 2007

De Love Lane a Porn Resort

He de confesar que ayer os dije una mentirijilla, o mejor llamémoslo licencia literaria.

No han sido tres islas, sino cinco. Claro que desde mi punto de vista enteramente subjetivo, es prácticamente imposible asociar Singapur y Sentosa con ese estereotipo cocotero y bananero que inmediatamente nos evoca la palabra "isla" (esto me recuerda que hace muchos, pero que muchos años, una vidente me vaticinó que un día habitaría en una isla, haciendo desbordar mi imaginación adolescente de visiones turquesa y granate; obviamente, no se me ocurrió pensar que la profecía se cumpliría en Irlanda, ¡ya podrían ser un poco más específicos estos videntes!).

Así que, con o sin vuestro beneplácito, solo os hablaré de tres islas: Penang, Langkawi y Koh Lipeh.

Penang, nuestra primera escala fuera de Malasia peninsular. Conocida como la "perla de oriente", Penang fue uno de los mayores enclaves de la ruta de las especias en el siglo XVIII y del comercio del Opio en el XIX. En este siglo, su economía depende mayormente del turismo.

Poco puedo contaros de esta isla, porque la nuestra fue una visita relámpago. Solo nos quedamos tres noches y no salimos de su capital, Georgetown. La ciudad no tiene mucho que ofrecer, a parte de Fort Cornwallis (si os gusta fotografiar murallas y cañones antiguos claro, menos mal que esta vez el Junior se portó y no sugirió entrar) y de la mansión de Cheong Fatt Tze (apodado "el Rockefeller de Oriente", el último mandarín y primer capitalista chino, que construyó su fortuna partiendo de la nada), más conocida como la "maison bleue".

La "maison bleue" nos encantó a la par que nos dejó frustrados. En primer lugar, porque está estrictamente prohibido hacer fotos al interior de la mansión (hasta yo he sufrido, con que imaginad cómo estaba el pobre Junior). En segundo lugar, porque durante la visita guiada, nos enteramos de que dos alas de la mansión estaban habilitadas para el hospedaje. Cada habitación con su estilo individual, mobiliario tradicional y baño privado, todo ello por 250 ringgits la noche (el equivalente a 55 euros). ¡Eso nos pasa por no leer la sección de gama alta del Lonely Planet!

La sección que sí leímos (la del bueno, bonito y barato) fue la que nos llevó a Love Lane, un nombre muy romántico para una calle bastante infame. Andábamos buscando el hostal recomendado por la guía, el "Harwich Backpackers´ Lodge" en el número 86 de la misma. Mientras José cuidaba las mochilas me fui a localizar el hostal e inspeccionar sus habitaciones. El dueño del Harwich insistía en alquilarme una de sus habitaciones que él describía como sencilla, pero que a mi más bien me parecía sencillamente cutre. Eso sí, para barato, el Harwich: 13 ringgits por noche, una ganga. De no haber sido por el ruido, tal vez hubiese aceptado, pero os prometo que era como estar metidos en el pub de abajo sin salir de la habitación. Al final, por 35 ringgits, nos alojamos un poco más abajo, en el 54, Love Lane Inn. Estaba bien, pero la habitación era un verdadero horno, incluso con el ventilador en marcha. Tal vez fuese por esa incomodidad y primera impresión negativa por lo que no nos demoramos mucho en Penang.

Durante el proceso de encontrar hostal, conocimos a un monje budista tibetano, de nombre Phurpa. Estaba con sus compañeros, una decena de monjes ataviados de azafrán y granate, sentados sobre un murillo. Al anochecer solían posarse ahí, como pájaros que al final del día descansan juntos sobre la misma rama. Observaban nuestro trajín con curiosidad y amplias sonrisas. Phurpa debía de ser el más veterano o el más atrevido, porque al final se bajó de su "rama" para presentarse. Mientras José me tomaba relevo en lo de buscar alojamiento, me entretuve hablando con él. Me ayudó a meter las mochilas al interior del templo, sacó un par de sillas de plástico, encendió el ventilador y se sentó a charlar conmigo. Me contó que era de Katmandú y que estaba de vacaciones con los monjes de su monasterio. Primero habían pasado un mes en Singapur, llevaban ya un mes en Penang y les quedaba otro antes de regresar a Nepal. Phurpa hablaba inglés con relativa soltura y sonriendo siempre. Llevaba gafas y su rostro afable me recordaba al del Dalai Lama, solo que mucho más joven. Le pregunté por su edad y me contestó que tenía 21 años. Sus padres lo habían metido en el monasterio cuando tenía 12, porque era un niño muy travieso. La educación monástica consiguió calmarle, fue tomándole gusto a la meditación y ahora ya es monje para toda la vida.

Al despedirse, Phurpa nos ofreció su tarjeta de visita para que le contactemos al llegar a Katmandú. Bueno, realmente no era su tarjeta de visita, sino la del monasterio. En ella escribió a mano su nombre, ¡y su número de móvil! Caramba, cómo cambian los tiempos… Según mi desfasadísimo libro de religión, las pertenencias de un monje budista se ciñen al traje, un cuenco, una hoja de afeitar, una aguja, un colador para filtrar el agua (evitando así matar insectos) y un collar de 108 cuentas. Para que veáis que la tecnología realmente está llegando a todas partes.

Mi última recomendación y advertencia sobre Penang. Os recomiendo lo de dar una vueltecita en "Trishaw", pero aclarad bien el precio antes de contratar el servicio. La tarifa es de 30 ringgits por hora y te enseñan un mapita con el recorrido que vas a hacer durante esa hora. Tú te subes al Trishaw asumiendo que la excursión va a durar una hora exacta y que no vas a pagar más de lo estipulado al final del viaje. La realidad es que el conductor se detiene en todas las mansiones y templos, prácticamente obligándote a visitarlos, mientras él te espera fuera. A ti te da pena ver al tío acalorado, cansado de pasar el día pedaleando bajo el sol, así que no se te ocurre decir que no. Te bajas del Trishaw y te tiras diez o más minutos tomando fotos, cuestión de darle un descanso al hombre. Después de llevarte a tres o cuatro atracciones, contarte muchas historias, ofrecerte un pastelito recién comprado a un coleguita hindú, el hombre te deja en la mismísima puerta de tu hostal. Tú estás encantado y dispuesto a pagar los treinta más propina. Mientras estás echando mano a la cartera, el amigo te anuncia que han sido dos horas, luego que tienes que pagar el doble de lo que tú esperabas. Su planteamiento tiene lógica, pero te sientes algo estúpido por no haber caído en la "letra pequeña" del contrato. Tras una breve discusión, ofrecimos 40 ringgits y el hombre aceptó. José me preguntó si había sido demasiado duro y yo consideré que no, pero creo que ambos nos quedamos con la duda. ¿Vosotros que opináis?

Langkawi, nuestra última escala en Malasia. Un grupo de 104 islas a 30 kilómetros del litoral. Tomamos un ferri desde Penang, que tardó un par de horas en dejarnos en Pulau Langkawi, la única isla habitada del grupo. Compartimos un taxi con una pareja de holandeses, hasta la playa de Pantai Cenang. En esta ocasión, y en vistas de nuestra reciente experiencia en Love Lane, nos olvidamos de las recomendaciones del Lonely Planet y nos dejamos guiar por el instinto. Nos alojamos en un adosado del "Amzar Motel". A primer vistazo, era el mejor alojamiento que habíamos tenido desde el comienzo del viaje: cama amplia, aire acondicionado, baño privado y televisión - un lujo algo estrafalario y superfluo para nosotros, ya que no había más de tres canales y malayos todos. El que sí disfrutó mucho del televisor, fue nuestro vecino chino. De confuciano tenía poco: a cualquier hora de la noche se ponía a mirar la tele y a hablar a grito pelado. Como las paredes eran literalmente de cartón, apenas pudimos pegar ojo. Menos mal que solo fueron dos noches.

Pese a dormir poco y mal, nos lo pasamos genial en Langkawi. Alquilamos una moto y nos pasamos el día explorando la isla. El lugar que más me gustó fue Telaga Tujuh. Subes unas escaleras que te llevan a lo alto de una colina, con jungla, río y cascadas. Te puedes bañar en el río, el agua está fresca y limpia. Después de subir todos esos peldaños con un calor que mata, se agradece la oportunidad de darse un pequeño chapuzón. El agua fluye por siete pozas, que son bañeras de hidromasaje naturales. La sensación es de lo más refrescante, con el agua de la cascada masajeando suavemente tus piernas cansadas.

A Telaga Tujuh no sólo se asciende para disfrutar del río, sino también para hacer senderismo por la jungla. El sendero es fácil, de recorrido circular y señalizado con flechas. Le dije a José: "Venga, vámonos a dar la vuelta". Él oyó: "Venga, vámonos al otro sitio". Así que una terminó en la jungla, y el otro en la cascada. No es la primera vez que nos pasa, a lo mejor es un tema de compresión y descompresión de oídos durante el vuelo, pero el caso es que ambos andamos con los sentidos abotagados.

Una situación similar nos volvió a suceder por la tarde, por lo que nos perdimos de vista brevemente (por cierto, en el mundo de José, el que él me pierda de vista equivale a que yo me haya perdido). Mientras él fotografiaba el horizonte desde un mirador, yo caminé hasta una casita de pescadores.

Pedí permiso para acercarme y el hombre de la casa me hizo señas afirmativas. Me recibieron un montón de niños. Estaban encantados de que les tomara fotos con la cámara digital y se reían mucho cuando se las enseñaba. La madre escribió su dirección en una hoja de papel, dándome a entender que les gustaría recibir las copias (otra cosa más en la agenda, para cuando estemos en Bangkok). Fue un momento bonito, en un día repleto de emociones.

No nos faltó de nada: vimos montaña, mar, jungla, río, cascadas, monos, muchos monos, ¡y hasta doce búfalos de agua! Volvimos al motel agotados, pero felices… hasta que el chino encendió la tele.

Koh Lipeh, primera parada en Tailandia. De las tres, ésta es la isla más pequeña y también en la que más tiempo vamos a pasar: ocho noches en total, que seguro nos van a saber a poco. Menos de cinco kilómetros cuadrados (a ojo de buen cubero) de puro paraíso: arena blanca y fina como polvos de talco, palmeras, aguas cristalinas, arrecifes de coral que desde la playa parecen islas sumergidas en el mar, pequeños islotes a los que puedes acceder andando en cuanto la marea baja, puestas de sol impresionantes, cenas románticas a la luz de las velas en la misma playa, un firmamento lleno de estrellas… Amigos míos de Sandyford Industrial Estate, si buscáis un lugar en el que olvidaros de "deadlines" y "go-lives", os recomiendo que vengáis a esta isla para una cura anti-stress. El resultado está garantizado y es prácticamente inmediato. Aquí están relajados hasta los perros, que se pasan el día tirados en la playa y no se molestan ni en ladrar.

Por cierto, la isla está llena de perros y gatos, la mayoría cachorros. No sé si esta información que me ha facilitado un turista habitual será cierta, pero al parecer, muchos de estos animalitos no verán más de una temporada turística. La isla cierra todos los años de mayo a noviembre, debido a los monzones. Los servicios de ferri se suspenden, con lo que la isla queda incomunicada del resto del mundo. Los 500 "chao náam" que la habitan deben de pasarlo bastante mal durante esos meses, alimentándose de la pesca (cuando el mar es lo suficientemente clemente para que salgan a pescar) y de sus cultivos. Obviamente, debe de ser difícil conseguir comida para alimentar a los animales domésticos… así que si el hombre no puede alimentar al perro, el perro termina alimentando al hombre. Es ley de vida.

Hablando de animales, en nuestro primer día de "orientación" por la isla (salimos por la mañana y tuvimos que usar las linternas para volver al bungaló, no porque nos hubiésemos perdido o porque la isla sea demasiado grande para recorrerla andando, sino porque a cada lugar que nos parecía paradisíaco, nos parábamos a tomar fotos o a darnos un baño; sobra decir que hicimos muchas paradas), descubrimos una fauna impresionante. Cada vez que divisábamos una especie nueva, nos embargaba la emoción y lanzábamos un grito como si de un gran descubrimiento se tratara: "¡Mira, un cangrejo!" y de repente, cien cangrejos más. "¡Mira, un erizo!" y cien más. Y así fuimos contando estrellas de mar, nemos, cangrejos ermitaños, águilas, geckos (unos lagartos extrañamente ruidosos)… ah, ¡y yo insisto en haber visto un dinosaurio chiquitín! José se burla de mí, dice que si me ha dado una insolación, pero yo insisto en que ese bípedo reptil que al verme se dio a la fuga, se parecía más a un dinosaurio en miniatura que a un lagarto grande.

No solo la fauna es variada. Aquí se junta gente de todas las nacionalidades, de todos los tamaños (Mel, nos hemos acordado mucho de ti) y para todos los gustos. Alemanes, suecos, ingleses, franceses, pero sobre todo, muchos italianos y españoles (ibicencos todos, vienen aquí a descansar de la temporada). Personajes que parecen salidos de una novela de Jack Keruack, tíos con un palmo de perilla, tatuajes, piercings, una niña rubísima cogida de la mano de su mamá rasta, congregaciones de jipis acampados en la playa, a algunos hasta les sobraba la tienda de campaña. Con una guitarra, un pareo, una esterilla, una hamaca, utensilios de cocina y mucha marihuana que fumar, se han apalancado debajo de un árbol al estilo Siddhartha Gautama y ahí esperan la iluminación (o el cierre de la isla, lo que llegue antes). Por encima de sus cabezas, cuelgan bolsas de plástico llenas de los víveres que compran en la isla, para protegerlos de las ratas (sí mamá, en el paraíso también hay ratas, pero no tengas miedo porque ellas ponen mucho cuidado en no dejarse ver). Como diría la ministra Trujillo, es otro estilo de vida…

No sólo de jipis vive la isla, también está la gente guapa. Cuerpos de acero, espaldas y glúteos que harían palidecer de envidia al Apolo de Belvedere. También hay materia para el disfrute masculino (indio, no te hagas ilusiones, que aquí solo se ejercita el nervio óptico, pues detrás de cada gran sueca se esconde un gran sueco), "toplesistas" rubias que de nórdicas ya sólo les queda el pelo (al parecer, gracias al milagroso aceite de coco, es posible cambiar de raza en un proceso similar pero inverso, al de Michael Jackson).

Pues sí, toda esta gente se encuentra en Koh Lipeh. Y luego estamos nosotros. Se nos ve a la legua, parece que llevamos un cartel escrito en letras fluorescentes: "no somos de aquí y ésta es nuestra primera vez". Anteayer me armé de valor y me probé el bikini verde que mi madre me había comprado (con amor de madre) en la mismísima Costa do Bahía en Brasil y que me deja más de "tres cuartos de luna" al descubierto. "José, José, ¿me queda bien?, ¿se me ve demasiado culo?, ¿se me ve algún grano?, ¿se me ve gorda?, ¿se me ve flaca?". A José se le pone esa cara de apabullamiento típicamente masculina, que una no sabe si es producto de mis preguntas múltiples o de la visión de mis nalgas en el bikini verde, y tras unos segundos eternos, contesta: "Tú siempre estás muy guapa, pichu". Pues estoy apañada con míster diplomático.

Bueno, el bikini no me queda tan mal como temía, sobre todo si me tapo un poco con el pareo rojo, ah, mira, si hasta le queda bien ("José, coño, ¡no me hagas ni una foto más, mira que pienso borrártelas todas!"), pero lo que no se puede esconder de ninguna manera es mi tez de Blanca Nieves salpicada de moratones, rasguños y picaduras de mosquito. Llegados a este punto, he de hacer una precisión importante.

Yo no me he puesto morena, lo que se dice verdaderamente morena, desde 1986. Este dato tan insólito probablemente se deba a una conjunción de factores, como que me he pasado mis últimos diez veranos en Irlanda, que uso protección solar de factor 60 y que siempre tomo el sol a la sombra. No sé si ocho días en Koh Lipeh serán suficientes para proporcionarme ese moreno dorado y uniforme que aquí lucen los turistas veteranos (lo de la uniformidad va a ser lo más jodido, porque mirándome al escote, ya tengo más tonos que capas la atmósfera terrestre, y eso por no comentar lo de mis pies, que parece que llevo pintadas las sandalias).

Bueno, corramos un tupido velo sobre mis paranoias playeras, y volvamos al tema de Koh Lipeh. Si os he convencido para venir a esta isla, he aquí un par de recomendaciones.

La primera, contratad alojamiento antes de llegar, a menos que vengáis en Noviembre (entonces sí que os podéis hacer los amos de la isla) o que no os importe dormir bajo un árbol (la idea es bonita, pero los mosquitos no respetan a los románticos). La isla es pequeña y puede darse una situación de "overbooking" (de hecho, ahora mismo están rechazando a turistas en la terminal de los ferris). Bueno, en el peor de los casos, podéis alquilar una tienda de campaña por 100 ó 150 bahts, dependiendo del tamaño.

Segundo consejo, contratad el alojamiento por una o dos noches como máximo, ya que siempre estaréis a tiempo de alargar vuestra estancia una vez allí. Eso os permitirá explorar la isla, descubrir qué playa os gusta más, comparar precios y tipos de alojamiento, ya os digo que aquí hay para todos los gustos). Cuando tengáis localizado el sitio, os plantáis allí a las nueve de la mañana y esperáis el "check out" de los turistas que cogerán el ferri de las diez. Yo, después de nuestro día de orientación, tenía mi corazón puesto en Porn Resort (malpensados, nota de página, etc., etc.), en Sunset Beach. Tenían unos bungalós de bambú muy sencillos (400 bahts los más grandes), en primera y segunda línea de playa, calitas pequeñas y un restaurante con música reggae, que servía el mejor granizado de limón de la isla. Desgraciadamente, a más de uno le gustó el sitio y de allí no se movía nadie.

Pero como no hay mal que por bien no venga, hemos terminado en este pequeño Nirvana del Forra Resort. Es un poco más caro (700 bahts, pero nos hacen 25% de descuento por cada día que José tiene inmersión), pero esa diferencia de precio queda ampliamente compensada por lo espaciosos y preciosos que son los bungalós. ¿Os he comentado ya lo bonito que es nuestro bungaló?

Por cierto, aunque parezca imposible, ya le he sacado un par de pegas al bungaló. El horario de suministro eléctrico es distinto en esta parte de la isla: aquí tienen electricidad de las 8 a las 10 de la mañana, y de las 5 de la tarde hasta medianoche. Esto no me molesta demasiado, lo que sí me da mal rollo es que el generador eléctrico está justo detrás de nuestro bungaló y su ruido fastidia bastante por la noche (me pregunto porqué no invierten más en energía solar, sobre todo considerando que la presa que suministra electricidad a Koh Lipeh ni siquiera está en la misma isla).

Mirando al lado positivo, hemos hecho unas cuantas mejoras en nuestro bungaló. Metiendo la mesita que teníamos en la terraza dentro de la casa, usando un cojín enorme como asiento, y proyectando el ventilador hacia él, hemos improvisado un pequeño despacho para el Fede. Ana y Diego, nuestros vecinos, se han marchado ayer, legándonos su hamaca y un espejito para el baño. El Junior ya no tiene excusa para no afeitarse…

*Nota del autor: lo del nombre del resort, no hay que tomárselo literalmente. También hay un resort que se llama "Pooh" y, hombre, no será tan chulo como el Forra, pero tampoco es como para llamarlo mierda…

(Escrito por ella desde Koh Lipeh, Tailandia, 12/02/07)