19 febrero, 2007

Poniéndome al día (II): Singapur y Melaka

"Buenos días, damas y caballeros, les habla el capitán Panengsijhasta. Vamos a proceder a salir del puerto de Georgetown para dirigirnos a la isla de Langkawi. La travesía durará aproximadamente dos horas y media y, durante la misma, les proyectaremos una película. Asimismo, la tripulación les ofrecerá un económico servicio de cabina con el que podrán adquirir refrescos y agua mineral. La temperatura en nuestro destino es de 32 grados centígrados, los cielos están despejados y la humedad relativa es del 87 %. A continuación se les ofrecerá una demostración del uso de los chalecos salvavidas que, para su uso en caso de emergencia, se encuentran situados sobre sus cabezas. Espero que tengan un buen viaje y gracias por elegir a nuestra compañía para su traslado a Langkawi".

Todo lo anterior es pura ficción. Esas cosas no pasan en los ferris que yo he cogido hasta ahora y el de esta mañana no iba a ser una excepción. Pero no entiendo lo del uso de los chalecos salvavidas, si lo explican en los aviones (vamos a ver, ¿quién recuerda algún caso, aunque sea sólo uno, de un amerizaje con éxito? Yo no, sólo recuerdo aviones que se estrellan contra el mar y no sobrevive nadie, con o sin chaleco salvavidas), ¿por qué no lo explican en los barcos? Igual sólo pasa en Malasia, como cuando fuimos en bote a motor a la excursión por los rápidos en Taman Negara (que se supone podría ser peligroso) y los chalecos sólo eran el cojín para hacer más confortable el viaje a nuestras espaldas. Claro que nos cruzamos con botes de otras empresas que hacían el mismo recorrido y éstos sí llevaban turistas con chaleco puesto, no apoyados en él.
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A lo mejor en Singapur hubiera sido distinto y hasta nos los hubiéramos puesto en vez de tenerlos sólo de adorno. De todos modos, después de Sentosa, sólo estuvimos un par de días en esa limpia ciudad. Uno más para que Isa pudiera hacer su curso de cocina (y no preparará los platos que aprendió hasta las Navidades, con la excusa de que estamos de viaje) y para que yo, por fin, me comprara una cámara digital. Y no fue fácil con tanta oferta y sin tener una idea preconcebida de que modelo o fabricante prefería. No me extenderé más que para decir que, al final, ha sido una Samsung NV10, con óptica alemana Schneider-Kreuznach (creo que miraré lo que pone para escribirlo correctamente), de un tamaño apenas mayor que mi estropeada Pentax Optio y más compacta que la Canon de Isa. Además, una batería adicional, una tarjeta de 1 Gb que venía como promoción de la tienda, una funda, una segunda tarjeta de 1Gb como promoción del centro comercial y un vale de S$50 para gastarme en Marks & Spencer (de Singapur, eso sí).

No tiene nada que ver con lo anterior, pero olvidé comentar que los carteles en los transportes públicos están en cuatro idiomas: inglés (la nueva lingua franca mundial ante la pasividad del español), malayo (la que hablan los emigrantes procedentes de ese país, única frontera terrestre con Singapur), mandarín (la de los emigrantes chinos) y tamil (la de los hindúes que residen aquí).
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Al día siguiente de mi compra redonda salimos en dirección a Malasia, donde nuestra primera parada iba a ser Melacca o Malaka, pues la he visto escrita con ambas grafías. A unos cientos de metros de nuestro hostal se encontraba la estación de autobús del que partía el que nos llevaría, cruzando la frontera, a nuestro siguiente destino. El autobús era bastante moderno, los asientos se reclinaban adecuadamente y sólo había tres en cada fila (uno en el lado izquierdo, a continuación el pasillo, y después dos asientos juntos). A mitad del viaje fui a comprobar que junto al pasaporte tuviera el papel que me dieron al entrar en Singapur. Cara de sorpresa: no estaba.

He de aclarar que se trata de una práctica común en Sudamérica, y acabo de descubrir que también en Asia, que además de sellarte el pasaporte rellenes un papel en el que consta el número del mismo, nacionalidad, nombre completo y, según el país, declaración de la cantidad de divisas que introduces o similar. Sellado por duplicado, una parte se la queda la aduana por la que entras en el territorio y la otra has de conservarla durante toda tu estancia y entregarla en el puesto fronterizo por el que abandones el país. Volviendo a entrar en Perú desde Bolivia fui testigo de los problemas que tenía una pareja para cruzar la frontera porque no encontraban el susodicho documento. En los casos más leves se negocia y se paga una multa de (para nosotros) relativamente pequeño importe (hasta USD 50) y se puede cruzar sin más dilación. En otros casos se puede estar tirado varias horas en esa tierra de nadie hasta que el correspondiente ministerio confirme la entrada que no se puede justificar. Y como sea festivo, hora de cerrar o similar, a lo mejor la salida del país se retrasa no horas sino días.

Yo me imaginaba que con lo moderno que era Singapur ("¿he dicho ya lo mucho que me ha gustado su país, señor guardia?") hubiera sido cuestión de unos minutos pero por si acaso, y con los nervios de punta, busqué y rebusqué el susodicho papelito, despertando a una malhumorada Isa varias veces durante el proceso. Piensa, José, piensa, ¿dónde lo habías guardado? Dentro del pasaporte. ¿Y está allí? No. Bien, ¿dónde más puede estar? Ni puñetera idea, coño, ¿no me estás oyendo que no lo encuentro? Además de sordo, idiota. ¿Cuándo fue la última vez que saqué el pasaporte? Pues… ¡en el Centro Comercial! Claro, para que me dieran el vale y la segunda tarjeta de 1 Gb. El dependiente me pidió el pasaporte y lo fotografió. Bien, rebusquemos, factura de la cámara, garantía de la cámara…¡papelito de la aduana de Singapur! Falta una hora para llegar, entregarlo en la aduana de Singapur y que los de la aduana de Malasia me den otro de su país. A dormir un rato.

El autobús para en la frontera pero (recordad esto si vais a hacer este viaje) tenéis que bajar todas las bolsas y pasar vosotros con ellas. No dejéis nada en el autobús. Se han dado casos de turistas que han subido, en el lado malayo, a un autobús de la misma compañía pero que es otro que estaba allí esperando y aquél en el que ellos venían, y que tenía sus maletas, ha vuelto a Singapur. El conductor nos lo advirtió para evitar despistes y, que yo sepa, no se perdió nada.

Por eso me alegré cuando volví a subir al autobús al cruzar la frontera y comprobé que la bolsa de plástico en la que llevaba un par de camisetas de recuerdo y que me había dejado debajo del asiento seguía en el mismo sitio en que la había olvidado.
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Sin más incidencias, entramos en un país que se declara abiertamente musulmán. Si en Europa en cada pueblo hay (o había, porque con esto de querer ser más laicos que un ateo, se reniega alegremente de nuestro pasado y se borran de un plumazo acontecimientos históricos que le hacen perder sentido a la construcción de un continente y una identidad común…José, vuelve al tronco y deja las ramas quietas, por favor), en cada pueblo de Europa, decía, hay una o dos iglesias, aquí, sin complejos, hay una o varias mezquitas, las mujeres llevan (pese al calor) el pelo y el cuello cubiertos con bonitos y coloridos pañuelos y los hombres musulmanes, su tradicional gorrito. El país está compuesto por distintos estados, siguiendo el modelo de USA o Suiza, y cada uno tiene un elevado grado de independencia legislativa, por eso hay zonas en que rigen musulmanes conservadores y otras menos estrictas. Eso sí, en todas partes rige la libertad de culto y chinos, hindúes y malayos conviven cada uno asistiendo a sus respectivos ritos religiosos.
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Desafortunadamente, hay individuos que anteponen la sinrazón y el fanatismo a los valores de la vida humana y elementos terroristas no han faltado entre la población musulmana malaya. Además, tal y como he dicho antes, hay Estados gobernados por partidos musulmanes estrictamente conservadores que aspiran a llegar al poder y convertir a Malasia en un país regido por la ley musulmana, la Sharia, con las nefastas consecuencias que eso tendría para las mujeres, los homosexuales, y los demócratas del país, tal y como se vio en el Afganistán de los talibanes o el actual Irán de los ayatolás.
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Algunas cosas curiosas, relacionadas con la fe musulmana, que se notarán durante el resto del viaje por Malasia: los uniformes de las empleadas musulmanas están adaptados a su religión, con un pañuelo que les cubre pelo y cuello, ya sean taquilleras en un peaje de la autopista, militares, o trabajadoras en el sector de la restauración. En las zonas de descanso de las autopistas aparece una construcción peculiar, la Sura o lugar de oración, para que los creyentes, aun cuando estén en pleno viaje, puedan parar y realizar este acto las seis veces diarias que dicta el Corán. Si la comida de los judíos ha de ser kosher, la de los musulmanes ha de ser conforme al rito halal (la carne ha de proceder de animales que hayan sido completamente desangrados) y este sello lo vamos a encontrar presente desde puestos callejeros hasta en franquicias de restaurantes occidentales de comida rápida, como KFC o McDonalds.

Nuestro destino, Melaka (capital del estado del mismo nombre), está situada al Sur del país, en su costa occidental y ha sido propiedad, por conquistas o por cesión del Sultán, de portugueses, holandeses, británicos y japoneses (durante la II Guerra Mundial), y otra vez británicos, hasta la constitución de la Federación Malaya como país independiente, en 1957. Recordamos la ciudad por dos cosas: los edificios de la plaza son más rojos en las fotografías que en la realidad y allí fue donde contrajimos nuestras primeras enfermedades leves del viaje.

Respecto a lo primero, hay una torre del reloj, la iglesia de Christchurch (originalmente holandesa católica pero más tarde británica protestante) y el impresionante edificio del Stadthuys, antigua residencia del gobernador y ayuntamiento, y que hoy alberga el Museo de Etnografía e Historia (bastante interesante el tour guiado, sobre todo porque era exclusivo para nosotros; además la entrada permitía el acceso a otros museos pero sólo visitamos el del Gobernador del Estado donde disfrutamos a nuestras anchas del aire acondicionado y de ser los únicos visitantes de un edificio en el que no vimos a un solo guía o conserje). En posters turísticos y en guías de viaje los hemos visto con un color rojo chillón, pero en la realidad, el inmisericorde sol lo ha desvaído ligeramente y continuara haciéndolo inexorablemente.

Respecto a lo segundo, ese sol que he mencionado antes junto con el inevitable exceso de sudoración me han provocado una leve dermatitis en la cara superior del antebrazo, en forma de pequeños y molestos (por el picor) puntitos rojos. Isa me ha dicho que eso es relativamente frecuente por estas latitudes y que lo más habitual sea que aparezca en las ingles, donde no hay suficiente ventilación y el sudor no se evapora con facilidad. A ella, lo que le ha afectado es también bastante frecuente, especialmente los primeros días después de aterrizar en Asia y si se sigue una dieta con abundancia de productos locales, con bacterias nunca antes vistas en nuestro organismo: una leve diarrea, incómoda, pero no peligrosa.
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A la hora de escribir esto ya han desaparecido ambas molestias que, sin duda, serán las primeras pero no las últimas. No deja de ser normal que algo no funcione correctamente en nuestros organismos teniendo en cuenta que estamos afrontando un cambio radical en las condiciones de temperatura, humedad ambiente, luminosidad, dieta e ingredientes a los que no estábamos acostumbrados allá en Irlanda.

Por lo demás, recomendable el hostal en que nos alojamos durante tres noches (a 27 RM la habitación, baño y ducha compartidos), el “Eastern Heritage”, a veinte minutos del centro histórico (ya mencionado) y también del bullicioso Chinatown que está presente en cualquier ciudad asiática. Su fachada estaba plagada de motivos chinos aunque el encargado, Mohammed, era musulmán, pero todo en esta ciudad en particular y en Malasia en general, tiene un aire de mezcla de culturas. Como anécdota contaré que pese a haber hecho una reserva “on line” y haber pagado un mínimo depósito, cuando llegamos al hostal a última hora de la tarde, no teníamos habitación (con cama doble) para esa noche y nos metieron, temporalmente, en un pequeño dormitorio con dos camas en la planta de abajo. Al día siguiente nos mudamos a la primera planta a una habitación con amplio techo y espaciosa…y descubrimos que la anterior era la del propio Mohammed. En Asia, la gente intenta sacar dinero hasta debajo de las piedras.
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La ciudad se puede visitar cómodamente en dos días completos, especialmente si la resistencia al calor del viajero, es alta. Se pueden hacer tours por la costa pero hace falta un mínimo de personas para que salga el barco y cuando nosotros estuvimos allí no se dio esa circunstancia. Algo que merece la pena ver es Villa Sentosa, una casa malaya en la que un miembro de la familia ofrece una visita guiada y podemos disfrutar de primera mano de la realidad de la vida para un habitante, de clase media alta, de la costa. También hay una réplica de una Nao portuguesa (en tierra firme) que en su interior ha sido habilitada como museo. Por el precio de la entrada disfrutamos además de acceso al Museo Marítimo (muy interesante), que se encuentra enfrente, y al Museo de la Armada Malaya, al otro lado de la calle. Si no te interesa la marina de guerra, siempre te puedes llevar como recuerdo una fotografía en la cubierta de la patrullera que han anclado permanentemente en el jardín del recinto.
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Después de la tranquilidad de un pequeño pueblo costero que vivió su mayor esplendor hace varios siglos con el comercio de especias con Siam, China e India y que es hoy parte de una ciudad de mediano tamaño, salimos con destino hacia lo que esperábamos una bulliciosa y cosmopolita urbe, la capital del país, Kuala Lumpur.

(Escrito por él en Palau Langkawi, Malasia, el 6 de febrero de 2007)