23 febrero, 2007

Poniéndome al día (IV): La Jungla de Taman Negara

Una de las cosas más sensatas que se pueden hacer después de un par de días en Kuala Lumpur es irse de la ciudad. El caos, los gritos, la polución, las motocicletas que se cuelan por todos los rincones, el desorden, esa humanidad que pulula por las calles de una manera descontrolada pueden llegar a resultar abrumadoramente insoportables al cabo de un tiempo.

Taman Negara se nos antojaba suficientemente exótico, alejado y agreste como para ser una buena apuesta a la hora de encontrar la antítesis de KL. Se trata de un parque nacional (literalmente ésa es la traducción de su nombre malayo), el primero y más antiguo del país. Sus 4373 kilómetros cuadrados se encuentran repartidos en tres estados y se da la particularidad de que, pese a que animales y plantas dentro de sus confines se encuentran protegidos por ley, se permite la caza a los pocos centenares de pobladores indígenas, los Orang Asli (ese nombre significa "gente original") que mantienen su forma de vida ancestral con unas mínimas concesiones en lo que respecta a su ropa y utensilios de cocina.
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El viaje desde Kuala Lumpur lo hacemos en un cómodo y moderno autobús, con aire acondicionado (dada la temperatura media en esta zona del mundo, ése es un detalle que no me cansaré de repetir, o de criticar, si está ausente). Ante unas obras en la carretera, el conductor decide que los conos de plástico naranja son para pasarles por encima, a juzgar por lo que le pasa a uno de ellos. Imperturbable y, sin un solo comentario, él sigue a lo suyo (que afortunadamente es conducir y no leer un libro).
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Como en cualquier otro viaje, al cabo de unos 90 minutos, nuestras piernas disfrutan de una parada en una zona de descanso donde nos aprovisionamos para el resto del trayecto, comprando patatas fritas con sabor a alitas de pollo asadas (estilo chino) y tiras de plátano desecado y salado. La primera escala la hacemos en Kuala Tembeling, cuatro restaurantes, una tienda y varias casas que preceden al embarcadero fluvial y punto de acceso más común al parque. Allí comemos y después el “Jetty” (una canoa a motor de madera de unos diez metros de eslora y metro y medio de ancho en el centro, que acomodó por parejas o sentados solos a una decena de viajeros) nos lleva durante tres horas por los 68 kilómetros del río Tembeling que acaban en el poblado.
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El viaje, río arriba, es una experiencia exquisita en sí misma. La canoa está dotada de una cubierta para protegernos del sol, sólo los imprescindibles postes para la sujeción de la misma obstruyen mínimamente nuestra visión, pues los laterales están completamente abiertos. La exuberante y verde jungla desborda las riberas. El curso de este río es un machetazo en la selva que pugna por recuperar su forma original pero, si la intervención siempre ominosa del hombre no inclina la balanza, la batalla parece perdida para la vegetación.

No hay fotografía que pueda hacer justicia a la belleza que nos rodea durante horas, pero los disparadores de mi Samsung y la Canon de Isa son testigos de que nos esforzamos en intentarlo a sabiendas de que no lo lograremos. No hay una imagen ni mil palabras que puedan atinar a emular nuestras sensaciones durante ese tiempo en que invadíamos una escenografía que parecía especialmente dibujada por la mano de un Dios que quisiera recrear el Edén.

Como en su viaje en busca del Coronel Kurtz, nosotros emulamos a Martin Sheen subiendo en bote por un río desconocido de un país extraño. En lugar de un M16 nosotros vamos armados con cámaras fotográficas. Al final no nos encontraremos a Dennis Hopper ni a Brando pero nuestro viaje, lo tengo por seguro, ha sido muchísimo más placentero.

En el pueblo (que parecía sacado de una postal del Amazonas, con jungla bordeando casas flotantes y un constante tráfico de canoas por el río), mientras algunos viajeros se quedan en el restaurante flotante para ser acompañados a sus respectivos alojamientos, nosotros cruzamos en lancha al resort, que está al otro lado para disfrutar del “upgrade” que por RM 370 nos pone al lado de los ricos que se gastan 600 (aunque ellos duermen en chalets individuales con porche). Sorpresa agradable, estamos solos en la habitación de 8 literas, cada una con su mosquitera y, esto si que es un lujo, enorme taquilla y varios cajones individuales. Fuera, el sonido de grillos y saltamontes, además de pájaros y animales no identificados serán el telón de fondo de nuestras noches en el parque.
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Las actividades parten desde nuestro lado del río pero el desayuno, comida y cena se hacen en el opuesto, así que hay que usar los servicios de uno de los botes que transportan viajeros y mercancías desde una ribera a la otra (el precio es de 1 RM por persona, unos 18 céntimos, pero aseguraos de que está incluido en el coste del tour porque aunque la cantidad sea ridícula se trata de evitar molestias y malentendidos).
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Por carecer de tiempo, no nos apuntamos a ninguna de las actividades adicionales a lo contratado. Lo que nosotros habíamos acordado hacer fue:

Night Trekking and Hide. Un Trekking-Safari nocturno en el que, provistos de linternas, nuestro guía nos hizo un recorrido por la fauna que se agazapaba a pocos metros de nuestro resort. He de decir que el tío demostró tener un ojo de lince porque encontraba algo que enseñarnos hasta debajo de las piedras. Vimos insectos palo, escorpiones, saltamontes que triplican el tamaño de los que yo conocía, y atisbamos un "mouse deer", el ciervo más pequeño que se conoce. Además pasamos un rato en un "hide" o refugio que es una construcción de madera a una cierta altura y emplazada a la vista de una zona por la que circulan animales, ya sea una senda, un prado en el que pastan o la ribera de un río. Nosotros fuimos a uno enfrente del penúltimo escenario y pudimos ver, una vez debidamente iluminados por la potente linterna del guía, no menos de una docena de ciervos. He intentado usar un programa para aclarar/iluminar las fotos de esa noche pero hace falta un equipo del C.S.I. para sacar algo en claro.


Daylight Trekking. Sin necesidad de linternas, pero con las botellas de agua convertidas en elementos imprescindibles del equipo, recorrimos durante varias horas de escarpada subida los kilómetros que nos separaban de Bukit Terisek, un monte a unos (nadie lo diría, a juzgar por lo que había costado la ascensión) miserables 344 m de altitud que ofrecía unas buenas vistas de las inmediaciones.

Canopy Walk. Lo más divertido para mí, sin duda alguna. Inexplicablemente, la idea de recorrer 250 m a 40 m de altura sobre la jungla no le hizo ninguna gracia a Isa. Una estrecha plataforma (que se recorre individualmente pues no hay espacio a lo ancho para que se haga de otra manera) compuesta por una unión de tablones alargados se sostiene como un puente colgante y ofrece una experiencia no apta para los que sufren de vértigo ni los aquejados de enfermedades coronarias. He de aclarar que no es el Golden Gate y que "aquello" se mueve en todas direcciones. Desafortunadamente para mí (que no para Isa) había otros 250 m a los que no pudimos acceder pues se estaban realizando tareas de mantenimiento y ampliación.

Rápidos. "Os vais a mojar, todo el mundo se moja. Si lleváis cámaras, metedlas en bolsas de plástico para protegerlas" nos advirtió el guía. Bien, esto promete, pensé yo. A cambiarse de ropa. Un gorro de ala ancha para protegerme del sol, una camiseta, mi bolso bandolera "gay" para meter la cámara (en su funda y dentro de una bolsa de plástico), un bañador (porque ir con unos pantalones que se iban a mojar era absurdo), y unas sandalias…un momento, ¿dónde están mis sandalias? Sí, hombre, las que te compraste en Singapur. Maldita sea, me las había dejado junto con el 80% de mis cosas dentro de la mochila grande que esperaba pacientemente mi regreso en KL. ¿Y qué me pongo? Porque sólo me he traído las botas de trekking, porque a eso hemos venido a la jungla, ¿no? Pues como no hay otra cosa, tendrán que ser las botas, que ya que son de GoreTex aguantaran las salpicaduras sin problemas. La necesidad se impuso a la estética y de tal guisa cómica fui yo ataviado, a sabiendas de que Isa no es que me mirara de reojo, sino que hablaba conmigo con la cabeza girada en dirección opuesta o sin quitar su mirada de mis ojos. Como si me hubiera llevado los zapatos de claqué. Los rápidos, únicamente tres, fueron una decepción. Ni duraban más de unos pocos segundos, ni la canoa encontraba resistencia, ni fue emocionante, ni nada de nada. Incluso Isa, de naturaleza poco dada a experiencias arriesgadas, estuvo de acuerdo conmigo en que aquello había sido ridículo.

Orang Asli. Los nativos que viven en el parque son una atracción más del mismo. Yo esperaba que visitáramos uno de sus poblados, ellos hicieran algún baile típico y después hubiera una voluntaria donación de papel moneda de curso legal. Afortunadamente, las cosas no ocurrieron así. Nuestro grupo paseó entre sus tradicionales cabañas (aunque han incorporado el plástico en sus tejados como elemento protector frente a la lluvia), observó la timidez de sus niños y uno de los adultos nos hizo una doble exhibición de sus habilidades. Primero usó su arma tradicional, dos metros de cerbatana compuesta por la unión de dos cañas de bambú, para lanzar un estilizado dardo (que en su punta estaba impregnado de veneno lo suficientemente potente para matar un mono o pequeños mamíferos pero no a un ser humano, aunque mejor no probar). A instancias de nuestro guía, todos lo imitamos por turnos y he de decir que mis habilidades con la cerbatana consistieron en acertar la diana, un indefenso y atemorizado pingüino de peluche, sin mayor dificultad (pese a que admito que no tenía ni puñetera idea de a dónde estaba apuntando). Después de eso, el mismo Orang Asli nos presentó una demostración práctica de cómo hacer fuego en 30 segundos sin mechero, cerilla, ni lupa, sólo mediante la fricción de hojas de palmera dobladas y enrolladas contra un tronco de madera desprovisto de corteza. Esta vez nadie intentó repetir la hazaña.
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Una cosa bastante graciosa de nuestro resort de alto “standing” (lo de pagar 25,50 RM por una lata de cerveza Tiger y una lata de 7Up no es nada gracioso, pero las vistas y la tranquilidad desde la terraza del restaurante merecían la pena, aunque Isa me ganara al “Scrabble”) es que tenían un cartel en el que informaban a qué horas y en qué zonas de las instalaciones se podían ver determinados animales salvajes (o más o menos salvajes). Dado que están protegidos, campan a sus anchas sabedores de que nadie les va a hacer el menor daño y que los disparos, de haberlos, serán fotográficos (salvo que se acerquen a un poblado Orang Asli, claro está).

Así pudimos ver monos (haciendo un jaleo inmenso) enfrente de nuestro alojamiento y también, mientras permitía graciosamente que Isa sumara y sumara puntos al Scrabble, a pocos centímetros de nuestra mesa. Incluso llegamos a ver jabalíes salvajes, pero eran bastante confiados, la verdad sea dicha.

Cuando llegó el momento de irnos de Taman Negara ambos estábamos convencidos de que se merecía uno o dos días más para hacer algún trekking por la jungla más profunda, pero nuestro leve desánimo se compensaba con la satisfacción que nos daba pensar que teníamos por delante casi setenta kilómetros en canoa y que pensábamos disfrutar cada minuto del trayecto de vuelta.


(Escrito por él en Bangkok, Tailandia, el 21 de Febrero de 2007)